Hay encuentros que comienzan alrededor de una mesa y terminan poniendo en duda nuestra manera de entender la realidad.
Evelyn me había invitado a cenar. Nos encontrábamos en un lugar donde una mesa larguísima reunía a numerosas personas y los platos exóticos parecían guardar secretos que iban más allá de sus ingredientes. A mi prima le había gustado especialmente uno y quería que lo probara. Paola también estaba allí, acompañándonos en aquella extraña velada.
Lo curioso era que, para semejante banquete, habían dispuesto un único plato para compartir. Una sola preparación, como si el resto del mundo tuviera que esperar a que nosotras descubriéramos qué tenía de especial.
El envoltorio recordaba a las hojas que cubren las mazorcas de maíz, esas chalas que protegen lo que crece en su interior. Dentro había unas piezas de color amarillo anaranjado, fibrosas, parecidas a la pulpa de un mango, aunque no eran mangos ni conseguía identificar qué fruto podían ser.
—Son picantes —me advirtió Evelyn, animándome a probar.
Tomé uno, lo llevé a la boca y lo saboreé con curiosidad. Sin embargo, no encontré aquel picor del que me hablaba.
—Eve, no los hallo picantes —le dije, sorprendida por la diferencia entre su percepción y la mía.
Y entonces, sin que nada pareciera anunciarlo, la realidad comenzó a perder sus contornos habituales.
Evelyn me dijo que habían venido con ella una tabla de vidrio y otra de madera.
Dos tablas.
No dos personas. No dos invitados. Dos objetos, cada uno de una materia diferente, que de algún modo habían llegado a ocupar un lugar en aquella reunión.
La miré, intentando comprender si hablaba en serio.
—Eve, una tabla de vidrio y una de madera no son personas. ¡Son tablas!
Pero ella parecía convencida de lo contrario.
La tabla de vidrio tenía números. Recuerdo el 840, seguido de una sucesión que continuaba como una cuenta interminable: 841, 842… Después, las cifras se volvían confusas, se alejaban de mi vista y ya no conseguía distinguir hasta dónde llegaban. La tabla de madera también estaba marcada por números, aunque comenzaba en 540 y parecía avanzar en sentido contrario, descendiendo: 520 y otros que se me escapaban.
Yo insistía en que aquello no tenía sentido. Evelyn, en cambio, parecía incapaz de comprender mi desconcierto.
Y así quedamos, atrapadas en una discusión tan absurda como interminable: yo intentando devolver las cosas a su naturaleza, ella empeñada en otorgarles una identidad que no les correspondía.
Mientras tanto, Paola parecía tener asuntos mucho más prácticos entre manos.
Llevaba una gabardina con unos bolsillos enormes y se levantaba a cada rato. La observé varias veces introduciendo cosas en ellos, con movimientos que despertaron mi curiosidad.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté.
—Guarda, guarda —me respondió, como si me estuviera revelando un secreto.
Detrás de nosotras había una especie de panera, aunque en lugar de pan contenía frutas. Paola guardaba duraznos y manzanas en los bolsillos de su gabardina.
—Son gratis, para llevar —me explicó.
Sin embargo, había algo en sus movimientos, en aquella manera de mirar alrededor y esconder las frutas, que no terminaba de convencerme. Si eran gratis, ¿por qué parecía necesario ocultarlas? ¿Qué diferencia había entre llevarse algo permitido y hacerlo como quien teme ser descubierto?
No tuve demasiado tiempo para averiguarlo.
Willy, el marido de Evelyn, apareció reclamándole que se había olvidado de ir a buscar a su hijo a la casa de un amigo. El niño, de unos ocho años, llegó y se sentó junto a mi prima.
Lo miré con detenimiento. Tenía el pelo lacio, las cejas muy juntas y un aspecto que me resultó extraño, casi inquietante. Había en su rostro algo que me hizo pensar, de manera inevitable, en Helga Spartaky.
Miré a Evelyn, esperando alguna explicación.
—¿Y este niño quién es? —le pregunté.
—Mi hijo —respondió ella con absoluta naturalidad.
Me quedé desconcertada. En mi cabeza apareció inmediatamente Ashley, su hija, aquella gurisa hermosa que yo conocía. ¿Cómo podía ser que Evelyn tuviera un hijo que yo jamás había visto y que, además, no se pareciera en nada a la imagen que conservaba de su familia?
Las piezas no encajaban. Las personas no eran quienes yo esperaba, las cosas parecían tener una identidad equivocada y las explicaciones, lejos de aclarar algo, multiplicaban las preguntas.
Pero, curiosamente, nada de aquello consiguió distraerme de lo verdaderamente importante.
Las tablas.
Porque mientras aparecían frutas escondidas, hijos desconocidos y números que avanzaban o retrocedían sin que pudiera seguirlos, yo continuaba empeñada en demostrarle a Evelyn una verdad que me parecía elemental: una tabla de vidrio es una tabla de vidrio, y una tabla de madera es una tabla de madera.
No importa cuántos números lleven escritos. No importa quién las haya traído ni cuánto insista alguien en atribuirles otra identidad.
Una tabla no se convierte en persona porque alguien lo afirme.
Y así terminó todo, con aquella discusión todavía abierta, como si el mundo entero hubiera decidido cambiar las reglas y yo fuera la única que se negaba a aceptarlas.
A veces, lo más desconcertante no es que algo resulte inexplicable, sino descubrir que, en medio de lo inexplicable, nuestra mayor preocupación sigue siendo defender aquello que creemos evidente.
Y todavía me queda una pregunta: ¿Qué tenían aquellas tablas para que yo necesitara demostrar, con tanta insistencia, que no eran lo que Evelyn decía que eran?
Porque, al final, entre todos los misterios de aquella noche, lo que más me costaba aceptar no eran los números, ni las frutas escondidas, ni aquel niño desconocido.
Era que alguien pudiera mirar una tabla y ver a una persona.
Y que yo, por más que lo intentara, no pudiera conseguir que viera otra cosa.
Allison Panizza
17/10/2026

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