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miércoles, 17 de junio de 2026

Cuando los brazos no alcanzan


 

Todo comenzó con algo pequeño.


Un deseo sencillo.

Un objeto brillante.

Una ilusión infantil que parecía no tener importancia.


De esas que aparecen y desaparecen en cuestión de minutos.

Pero a veces las historias más profundas comienzan así.

Con algo tan pequeño que nadie imagina el peso que puede llegar a tener.

La niña salió corriendo.

Con la velocidad de quien todavía cree que el mundo es un lugar seguro.

Con la confianza de quien aún no conoce el miedo.

Y detrás quedó una madre intentando alcanzarla con la voz.


Prometiendo un después.

Un mañana.

Un momento mejor.

Sin saber que la vida rara vez espera nuestros planes.


Entonces llegó la noche.

Y con ella, esa sensación que ninguna madre olvida aunque solo la haya sentido una vez.


La ausencia.

Primero fue una pregunta.

Después otra.

Y luego el silencio.

Ese silencio que se instala cuando el corazón empieza a imaginar escenarios que la razón todavía se niega a aceptar.

Miré alrededor buscando respuestas.

Rostros desconocidos.

Voces lejanas.

Direcciones inciertas.


Alguien señaló un montón de arena.

Y aunque sobre la arena no había nada,

el alma entendió algo antes que los ojos.


El miedo ya había llegado.

No el miedo a la oscuridad.

No el miedo a quedarse sola.

Sino el miedo más antiguo que existe en el corazón de quien ama.

El miedo a no poder proteger.

Entonces aparecieron todas las imágenes posibles.


Las que nadie quiere pensar.

Las que nadie quiere nombrar.


Porque el amor tiene una forma extraña de sufrir:

cuando no encuentra respuestas, las inventa.

Y en cuestión de segundos puede construir una tragedia entera con un puñado de incertidumbre.


Hasta que comprendí algo.

La vida nunca nos entrega garantías.

Nos entrega vínculos.

Nos entrega abrazos.

Nos entrega momentos.

Y después nos pide un acto de valentía inmenso:

amar sabiendo que no podemos controlarlo todo.

Porque llega un día en que los hijos corren más rápido que nuestros pasos.


Toman caminos propios.

Cruzan puertas que nosotros no podemos atravesar.

Y aunque una parte de nosotros quisiera seguir sosteniéndolos para siempre, la vida tiene otros planes.

No para alejarlos.

Sino para enseñarles a caminar.

Y a nosotros, a confiar.

Quizás el verdadero dolor nunca fue la pérdida.


Quizás fue descubrir que los brazos de una madre, por más amor que contengan, no pueden abarcar todos los caminos.


Y aun así...

siguen siendo hogar.


«Amar también es aprender a soltar el miedo, aunque el corazón siga contando los pasos de quienes más ama».


Allison Panizza 
17/06/2026


viernes, 22 de mayo de 2026

La niña que quería brillar

 


Había música en el aire.

No una música real,

sino esa sensación extraña de que algo estaba por comenzar.


El patio estaba lleno de movimiento.

Grupos ensayando, voces cruzadas, telas brillando bajo luces imaginarias.

Todos parecían saber exactamente qué hacer.


Y yo observaba.

Hasta que alguien preguntó:

—¿Alguno de ustedes es YouTuber?


La respuesta salió antes de pensarla.

—Tarotista.


Sin miedo.

Sin explicaciones.

Sin esconderlo detrás de palabras más cómodas.


Como si por primera vez no hiciera falta suavizar quién era para poder pertenecer.

Entonces llegó la propuesta:

crear una coreografía de arcanos.

Y algo dentro mío se encendió.


Porque no se trataba solo de un baile.

Se trataba de transformar símbolos en movimiento.

De darle cuerpo a todo aquello que alguna vez vivió escondido entre cartas, intuiciones y silencios.


Elegimos trajes blancos.

Con diamantes pequeños que reflejaran la luz.


Queríamos brillar.

Y quizás eso era lo más importante de todo.


No el espectáculo.

No la competencia.

No ganar.


Sino permitirnos ser vistas.

Mientras organizábamos ideas, el mundo seguía haciendo ruido alrededor.


Autos chocaban a la distancia.

Golpes secos interrumpían el momento como recordatorio de que afuera todavía existía el caos.


Pero adentro, algo distinto estaba ocurriendo.


Una gata apareció de repente y dio vida a tres pequeños gatitos grises con rayas blancas.


Frágiles.

Nuevos.

Intuitivos.


Como las partes de nosotros que nacen después de sobrevivir demasiado tiempo.


Y aunque todo parecía extraño, nada daba miedo.


Porque había una sensación más fuerte que el desorden:


la de estar creando algo verdadero.


Al final terminamos en un salón pequeño, con pocos bancos, planeando cada detalle.


Y entendí algo.


A veces la vida no nos devuelve la infancia que necesitábamos.

Pero sí nos ofrece momentos donde la niña interior vuelve a aparecer… intentando expresarse de otra manera.


No para quedarse atrapada en el pasado.


Sino para recuperar aquello que alguna vez tuvo que esconder:

la creatividad, la intuición, el brillo, la libertad de mostrarse tal cual es.


Porque hay personas que crecieron aprendiendo a ocupar poco espacio.


Hasta que un día descubren que también nacieron para brillar bajo las luces.


Allison Panizza
22/05/2026


viernes, 24 de abril de 2026

La niña del mar y la tortuga

 Memorias de la infancia
«Guardo esta historia como quien guarda un tesoro...
porque en ella vive una parte de mi niña»

 


Había una vez un niño que pasaba los veranos en la playa, entre el sonido de las olas y el viento suave que traía secretos del mar.

Un día, mientras caminaba solo, vio algo moverse cerca del agua.

Era una tortuga.

No parecía asustada. Al contrario… lo miraba, como si lo estuviera esperando.

El niño se acercó, y entonces la vio.

Una niña.

Estaba de pie, a unos metros, con el cabello húmedo pegado a la piel y los ojos profundos como el océano. No sonreía, pero tampoco parecía triste. Solo… estaba.

—¿Es tuya? —preguntó él, señalando la tortuga.

La niña negó suavemente.

—Ella no es de nadie —respondió en voz baja—. Solo viene cuando tiene que venir.

Desde ese día, comenzaron a verse.

Siempre cerca del mar.

Siempre con la tortuga.

La niña hablaba poco, pero cuando lo hacía, sus palabras parecían venir de otro lugar. A veces desaparecía por días, y luego volvía como si nada hubiera pasado.

Un día, antes de irse, le dio un pequeño collar.

—Para que puedas encontrarme —le dijo.

Y así fue.

Cada vez que el niño lo llevaba puesto… ella aparecía.

Los años pasaron.

El niño creció, tuvo amigos, una vida… pero nunca dejó de volver a la playa.

Y siempre que volvía… ella estaba ahí.

Igual.

Sin cambiar.

Como si el tiempo no la tocara.

Pero algo empezó a cambiar.

Algunas personas comenzaron a verla.

Y cuando la veían… gritaban.

Decían que sus ojos brillaban.

Que no eran ojos humanos.

Una vez, uno de los amigos del joven la miró directamente… y cayó al suelo.

Nadie pudo explicarlo.

Desde ese día, el miedo empezó a rodearla.

—¿Qué sos? —le preguntó él una noche, con el corazón temblando.

Ella lo miró en silencio.

—Soy lo que queda… cuando el alma no se va del todo.

El joven entendió entonces lo que siempre había estado frente a él.

Ella no pertenecía a su mundo.

Nunca lo había hecho.

El último encuentro fue al atardecer.

El mar estaba calmo.

La tortuga los observaba desde la orilla.

—No puedes quedarte —dijo él, con lágrimas contenidas.

Ella negó suavemente.

—Nunca me fui —respondió—. Sos vos el que tiene que seguir.

El joven miró el collar en su mano.


El pequeño objeto que los había unido durante toda su vida.


Respiró hondo… y lo lanzó al mar.


El agua lo recibió en silencio.


La tortuga nadó lentamente… y lo tomó.

La niña dio un paso atrás.


Sus ojos brillaron una última vez.


Pero ya no daban miedo.


Solo eran… luz.


Y entonces desapareció.


El joven quedó solo.


El mar seguía ahí.

El viento también.


Pero algo había cambiado.


Dicen que esa noche, mientras el sol se escondía, una voz suave se escuchó entre las olas: «El alma no desaparece… solo aprende a soltar.»


Y en lo profundo del océano,
una tortuga nada eternamente,
guardando los lazos que alguna vez unieron dos mundos.



Reflexión

Hoy, al volver a esta historia que me habitó desde niña, entiendo que no era solo algo que veía…

era una forma de sentir.

Desde chica me atraían los misterios, lo invisible, los lazos que no se pueden explicar con palabras. Siempre hubo en mí una sensibilidad especial hacia lo espiritual, hacia esos amores que parecen venir de otro tiempo, de otro lugar.

Quizás por eso esta historia se quedó conmigo.

Porque hablaba de encuentros que no son casuales, de almas que se reconocen, y de lo más difícil de todo… aprender a soltar.

Hoy la miro con otros ojos, pero la emoción sigue siendo la misma.

Y en algún rincón de mi interior, esa niña que fui sigue sentada frente al mar… creyendo en lo eterno, en lo invisible, y en que hay historias que no terminan, solo se transforman.


— Fragmento de mi memoria


Allison Panizza
24/04/2026