En un parque, entre rostros desconocidos,
un hombre ofrecía regresar al pasado,
guiar a las almas por caminos dormidos,
hacia algún tiempo que habían olvidado.
Quienes aceptaban, apenas un instante,
caían en un trance profundo y sereno;
una vuelta de vista surgía al momento,
como una señal de un viaje secreto.
Un hombre de unos treinta y siete años
levantó la mano y cerró los ojos.
Bastó un segundo para que el silencio
lo envolviera entero, sin dudas, sin miedos.
Después fue un muchacho, apenas dieciocho,
quien se entregó a aquella extraña experiencia.
Y cuando el hombre preguntó si alguien más,
mi mano se alzó desafiando a la ciencia.
—Dudo que puedas hipnotizarme —le dije,
con una sonrisa, segura de mí.
Él hizo un intento, me puso a caminar,
girando en círculos, cerca de allí.
—No será fácil —le dije riendo—,
apenas termine, lo habré decidido.
Pero hay voluntades que, sin darse cuenta,
atraviesan puertas hacia lo desconocido.
No sé qué ocurrió durante aquel tiempo,
ni qué senderos llegó a recorrer mi memoria.
Solo sé que caminaba a su lado,
mientras la tarde apagaba su gloria.
Él intentaba traerme de vuelta,
despertar mis sentidos, devolverme al presente.
Había pasado un tiempo imposible de medir,
y yo no recordaba absolutamente nada.
Después, mi cama. La noche. El silencio.
Y un hombre parado frente a mí.
—Yo lo vi todo —me dijo despacio—.
Yo estaba entre aquellos que fueron allí.
Me contó que el primero cayó enseguida,
que el muchacho también se dejó llevar;
pero que yo había tardado más tiempo,
como si algo en mí se resistiera a cruzar.
—No recuerdo nada —le dije inquieta—.
¿Podrías decirme qué sucedió allí?
Me miró con la calma de quien guarda
un secreto que no puede compartir.
—Fuiste al año mil novecientos quince.
Y el tiempo quedó suspendido.
Mil novecientos quince…
Un año pronunciado como una llave,
una fecha que no traía recuerdos,
pero que parecía abrir una puerta
en algún lugar profundo y remoto.
¿Por qué ese año?
¿Qué había quedado allí?
¿Qué parte de mí pudo atravesar el tiempo
y regresar sin memoria de lo que viví?
No hubo imágenes, ni nombres, ni rostros,
ninguna historia que pudiera contar.
Solo aquella fecha, flotando en la noche,
como una pregunta que se niega a terminar.
Y comprendí que existen silencios
que no se rompen por mucho preguntar;
misterios que habitan detrás de una puerta
que quizá todavía no podemos cruzar.
1915.
Cuatro cifras. Un año.
Y una memoria en blanco.
A veces, lo más inquietante no es recordar el pasado,
sino despertar con la certeza de haber estado en algún lugar
del que nuestra conciencia no conserva el camino de regreso.
Allison Panizza
18/10/2026

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