Tuve un sueño extraño, crudo, imposible de ignorar.
En el sueño estaba enferma, terminal.
La sangre brotaba de mi boca y, con ella, pedazos de carne: algo me había estado devorando por dentro durante demasiado tiempo. No era un dolor quieto; era un cuerpo expulsando lo que ya no podía sostener. Había un medicamento que podía aliviar el sangrado, pero no lograba tragarlo. Nada entraba. Todo era salida. Como si el cuerpo supiera antes que la mente que ya no había lugar para seguir callando.
Y aun así, no estaba postrada.
Caminaba. Vivía.
Iba al almacén a comprar bebida y pan para mis hijos. Pan y bebida: lo mínimo para sostener la vida. Notaba que los envases eran finos, antiguos, como si el tiempo se hubiera replegado sobre sí mismo y yo estuviera usando recursos viejos para sobrevivir. No había placer en ese gesto, solo continuidad. Seguir siendo madre mientras algo, por dentro, se desangra.
En un momento dejé la cartera sobre un tacho de residuos mientras me ataba los cordones. Un viento la levantó y se la llevó. Corrí tras ella. Un muchacho la tomó y salió corriendo. Decían que era un ladrón, pero yo no gritaba venganza. No pedía todo. Solo una cosa:
—Dame los documentos. Quédate con lo demás, pero dame los documentos. Los necesito.
Los documentos no eran dinero.
Eran mi identidad.
Mi derecho a existir, a ser atendida, a ser reconocida como alguien que importa. No tenía tiempo —en el sueño lo sabía— para rehacerlos. Me quedaba poco. No quería morir sin nombre.
Llegué a su casa.
Adentro había una mujer mayor, su abuela, jugando y quitando las sábanas a dos niñas gemelas de unos doce años. Más allá apareció una nena de cuatro, su hermana, que miraba en silencio, como diciendo sin palabras: ¿qué hiciste ahora? Nadie hablaba. Nadie intervenía. Todo era juego, normalidad, rutina. La escena perfecta del secreto.
Fui al cuarto del muchacho, ensangrentada, suplicándole. Le conté mi verdad: que estaba enferma, que necesitaba esos documentos para poder atenderme, que no me quedaba tiempo. Él no decía nada. Entonces lo miré mejor… y vi sangre también en su boca. Sus dientes se habían vuelto redondeados, en punta. Dudé de mí misma.
¿Estoy alucinando o estoy viendo lo que siempre estuvo ahí?
No era un monstruo.
Era una sombra.
La figura del que se alimenta del silencio, del que hereda el no hacerse cargo, del que ocupa un lugar construido con lo no dicho. Y aun así, él también sangraba. Porque el silencio no salva a nadie: solo posterga el daño y lo reparte.
Yo seguía pidiendo mis documentos.
No pedía justicia.
Pedía legitimidad.
No quería castigo. Quería existir completa, antes de que fuera tarde.
Entonces desperté.
Mi gatito, Senku, había saltado sobre mi vientre.
El peso tibio de la vida me devolvió al cuerpo. A lo instintivo. A lo que cuida sin palabras. El centro vital eligió volver.
Y al despertar entendí:
la enfermedad no era muerte, era final de ciclo.
La sangre no era castigo, era liberación.
La carne no era horror, era memoria somática saliendo del cuerpo porque ya no hacía falta retenerla para sobrevivir.
Este sueño no anuncia un fin.
Anuncia un límite.
El final del pacto de silencio.
El momento en que el alma deja de devorarse por dentro y exige sus documentos: su nombre, su voz, su verdad.
No quiero morir sin haber sido yo.
Y ya no voy a seguir tragando lo que me enferma.
Allison Panizza
03/02/2026
