Memorias de la infancia
«Guardo esta historia como quien guarda un tesoro...
porque en ella vive una parte de mi niña»
Había una vez un niño que pasaba los veranos en la playa, entre el sonido de las olas y el viento suave que traía secretos del mar.
Un día, mientras caminaba solo, vio algo moverse cerca del agua.
Era una tortuga.
No parecía asustada. Al contrario… lo miraba, como si lo estuviera esperando.
El niño se acercó, y entonces la vio.
Una niña.
Estaba de pie, a unos metros, con el cabello húmedo pegado a la piel y los ojos profundos como el océano. No sonreía, pero tampoco parecía triste. Solo… estaba.
—¿Es tuya? —preguntó él, señalando la tortuga.
La niña negó suavemente.
—Ella no es de nadie —respondió en voz baja—. Solo viene cuando tiene que venir.
Desde ese día, comenzaron a verse.
Siempre cerca del mar.
Siempre con la tortuga.
La niña hablaba poco, pero cuando lo hacía, sus palabras parecían venir de otro lugar. A veces desaparecía por días, y luego volvía como si nada hubiera pasado.
Un día, antes de irse, le dio un pequeño collar.
—Para que puedas encontrarme —le dijo.
Y así fue.
Cada vez que el niño lo llevaba puesto… ella aparecía.
Los años pasaron.
El niño creció, tuvo amigos, una vida… pero nunca dejó de volver a la playa.
Y siempre que volvía… ella estaba ahí.
Igual.
Sin cambiar.
Como si el tiempo no la tocara.
Pero algo empezó a cambiar.
Algunas personas comenzaron a verla.
Y cuando la veían… gritaban.
Decían que sus ojos brillaban.
Que no eran ojos humanos.
Una vez, uno de los amigos del joven la miró directamente… y cayó al suelo.
Nadie pudo explicarlo.
Desde ese día, el miedo empezó a rodearla.
—¿Qué sos? —le preguntó él una noche, con el corazón temblando.
Ella lo miró en silencio.
—Soy lo que queda… cuando el alma no se va del todo.
El joven entendió entonces lo que siempre había estado frente a él.
Ella no pertenecía a su mundo.
Nunca lo había hecho.
El último encuentro fue al atardecer.
El mar estaba calmo.
La tortuga los observaba desde la orilla.
—No puedes quedarte —dijo él, con lágrimas contenidas.
Ella negó suavemente.
—Nunca me fui —respondió—. Sos vos el que tiene que seguir.
El joven miró el collar en su mano.
El pequeño objeto que los había unido durante toda su vida.
Respiró hondo… y lo lanzó al mar.
El agua lo recibió en silencio.
La tortuga nadó lentamente… y lo tomó.
La niña dio un paso atrás.
Sus ojos brillaron una última vez.
Pero ya no daban miedo.
Solo eran… luz.
Y entonces desapareció.
El joven quedó solo.
El mar seguía ahí.
El viento también.
Pero algo había cambiado.
Dicen que esa noche, mientras el sol se escondía, una voz suave se escuchó entre las olas: «El alma no desaparece… solo aprende a soltar.»
Y en lo profundo del océano,
una tortuga nada eternamente,
guardando los lazos que alguna vez unieron dos mundos.
Reflexión
Hoy, al volver a esta historia que me habitó desde niña, entiendo que no era solo algo que veía…
era una forma de sentir.
Desde chica me atraían los misterios, lo invisible, los lazos que no se pueden explicar con palabras. Siempre hubo en mí una sensibilidad especial hacia lo espiritual, hacia esos amores que parecen venir de otro tiempo, de otro lugar.
Quizás por eso esta historia se quedó conmigo.
Porque hablaba de encuentros que no son casuales, de almas que se reconocen, y de lo más difícil de todo… aprender a soltar.
Hoy la miro con otros ojos, pero la emoción sigue siendo la misma.
Y en algún rincón de mi interior, esa niña que fui sigue sentada frente al mar… creyendo en lo eterno, en lo invisible, y en que hay historias que no terminan, solo se transforman.
— Fragmento de mi memoria
Allison Panizza
24/04/2026