lunes, 13 de abril de 2026

La sombra que se sube

 


Éramos cuatro.

Cuatro hombres unidos por una ausencia que no tenía nombre,

pero sí una fecha.

Cada año volvíamos al mismo lugar,

como si el tiempo pudiera ordenarse repitiendo el ritual,

como si el dolor se hiciera más llevadero cuando se comparte en silencio.

Las cuatro habían partido a la misma edad.

Cincuenta y dos años.

Como si la vida, en algún punto, hubiera decidido detenerse para todas al mismo tiempo.

Yo también había perdido.

Y, sin embargo, en el río… no dolía.

Remaba en una canoa, dejándome llevar por el agua calma,

recordando sin quebrarme,

sintiendo que, por un instante, todo estaba en su lugar.

El río no preguntaba.

Solo fluía.

Y yo con él.

Pero la noche siempre trae lo que el día intenta ordenar.

Nos reunimos, comimos, brindamos…

y entonces algo cambió.

Uno de ellos salió corriendo.

Como si algo invisible lo llamara.

Como si una fuerza, desde algún lugar que no podíamos ver,

lo hubiera tomado de la cabeza.

Después otro.

Y otro.

Los hilos no se veían del todo,

pero estaban ahí.

Tirando.

Arrastrando.

Conectando con algo que no se nombraba.

Entonces la vi.

No como era…

sino como había sido.

Joven.

Quieta.

Extrañamente presente.

Había un hilo en ella también.

Pero no venía hacia mí.

Y en su mirada no había reproche…

solo una pregunta suspendida en el aire:

¿Qué está pasando?

Quise entender… pero el cuerpo habló antes.

El peso cayó sobre mis hombros sin aviso.

Denso.

Cansado.

Como si algo antiguo hubiera decidido instalarse en mí.

—Mira tu sombra —escuché.

Y miré.

Ahí estaba.

No como un reflejo…

sino como algo adherido.

Algo que no era yo,

pero que llevaba encima.

Entonces entendí.

No todo lo que cargamos nos pertenece.

No todo lo que sentimos es nuestro.

No todo lo que duele… nació en nosotros.

Pero igual pesa.

Y pesa hasta que lo miramos.

Luché.

No con fuerza,

sino con conciencia.

Como quien deja de resistirse a ver

y empieza, por fin, a reconocer.

Y en ese reconocimiento…

cedió.

Cayó.

Se soltó.

Respiré.

No porque todo hubiera terminado,

sino porque algo había sido visto.

Y lo que se ve… ya no se queda de la misma forma.

Antes de irme, la miré una vez más.

Ya no como pérdida…

sino como parte de una historia que ya no me define.

Y entonces supe:

Hay sombras que se suben…

pero también hay momentos en los que uno aprende a bajarlas.

No negándolas.

No huyendo.

Sino mirándolas de frente

hasta que recuerdan

que ya no tienen lugar en nosotros.


«No todo lo que cargamos nos pertenece… pero hasta que lo miramos, igual pesa.»


Allison Panizza
13/04/2026

martes, 17 de marzo de 2026

Cuando el Tiempo Vuelve a Acercarse

 



Hay momentos en los que todo parece estar en su lugar…

la calma, la estabilidad, esa sensación de haber aprendido a sostenerse sin depender de nadie.

Como si, después de tanto, una parte de ti finalmente se hubiera elegido.


Y sin embargo… algo comienza a moverse.


No es un impulso rápido ni arrebatado.

Es lento. Casi imperceptible.

Como pasos que dudan, que avanzan con peso, que cargan historias sin resolver.

Hay una energía que se acerca, pero no desde la certeza, sino desde la cautela.

Desde el miedo a equivocarse otra vez.


Durante mucho tiempo, ese movimiento estuvo detenido.

No por falta de deseo… sino por no saber cómo avanzar.

Por quedarse en ideas, en posibilidades, en lo que «podría ser» en lugar de lo que realmente es.

Pero ahora… algo cambia.

Una fuerza irrumpe y empuja.

Y lo que parecía estancado, finalmente toma dirección.


No viene como antes.


Hay una herida que ya no late de la misma manera.

El dolor se ha transformado.

Lo que antes rompía, hoy busca comprender.

Lo que antes alejaba, hoy intenta cerrar lo que quedó abierto.


Pero no todo es tan simple.


Porque también existe el deseo profundo… ese que nace desde el alma,

que imagina, que anhela, que espera.

Y junto a él, la memoria de lo que dolió.

De palabras que hirieron, de silencios que pesaron,

de luchas donde nadie ganó realmente.


Por eso, hay algo importante en cómo sostener este momento.


No desde la ingenuidad.

No desde la ilusión.

Sino desde una claridad firme, casi cortante,

que no enfría el corazón… pero lo protege.


Porque aún hay confusión en el aire.

Sueños mezclados con dudas.

Promesas que no terminan de tomar forma.

Y es fácil perderse en lo que se quiere ver…

olvidando lo que verdaderamente está ocurriendo.


Sin embargo, hay algo que no cambia:

el poder.


El poder de decidir.

El poder de elegir qué entra y qué no.

El poder de transformar la historia… o de no repetirla.


Lo que se acerca, llega.

Pero la verdadera pregunta no es esa.


La verdadera pregunta es:

cuando esté frente a ti…

¿vas a recordarte?

¿vas a sostener el lugar que te costó tanto construir?

¿o vas a olvidarte de todo por un instante de emoción?


Porque hay encuentros que no vienen a quedarse…

sino a confirmar si aún tienen un lugar.


Y hay otros… que solo pueden comenzar de nuevo

cuando alguien decide no aceptar menos de lo que merece. 


Allison Panizza
14/03/2026

La isla donde no todos pueden entrar

 



«El verdadero acto de amor no es insistir en entrar...
sino reconocer cuándo es momento de soltar y volver a mí».


Había algo en mí que sabía cambiar de color.

No hacía falta tocarlo, no hacía falta explicarlo…

bastaba con pensarlo, y todo mutaba.


Rojo cuando sentía.

Verde cuando sanaba.

Azul cuando necesitaba calma.

Negro cuando el alma pesaba más que el cuerpo.

Blanco… cuando intentaba soltar.


Caminaba entre risas, entre música, entre lo cotidiano que a veces disfraza lo profundo.

Y ahí estabas.

Como siempre… en ese punto exacto donde lo real y lo inconcluso se encuentran.


Bailamos.


Porque lo nuestro siempre fue así:

movimiento, ritmo, acercamiento…

y una despedida que nunca termina de ser final.


Después me mostraste un paisaje imposible.

Agua que abrazaba,

una orilla que parecía promesa,

un instante donde todo era simple.


Y por un momento… lo fue.


Pero siempre hay una isla.


Una que se ve cerca,

pero no se alcanza fácil.

Una que no abre sus puertas a cualquiera,

ni siquiera a quienes creen merecerla.


Quisimos entrar igual.


Como si el deseo fuera suficiente.

Como si insistir pudiera cambiar la naturaleza de las cosas.


Y entonces volviste…

pero no eras el mismo.


Inmóvil.

Atado.

Ausente.


No roto…

pero tampoco disponible.


Y aun así, intentamos llevarte.

Taparte.

Camuflar lo evidente con hojas frágiles,

como si lo que no se nombra dejara de existir.


Pero hay verdades que no se esconden.

Solo se postergan.


Al llegar, el faro se alzaba alto, distante…

como una claridad que se ve,

pero todavía no se habita.


Y arriba, alguien giraba,

como si custodiar ese lugar implicara entender algo que aún no estábamos listas para ver.


Entonces comprendí, sin palabras:


No todos los caminos están hechos para recorrerse acompañada.

No todos los vínculos pueden cruzar ciertas puertas.

Y no todo lo que sentimos… está destinado a quedarse.


A veces, el verdadero acto de amor

no es insistir en entrar,

sino reconocer cuándo es momento de volver.


Y recordar…

que dentro mío,

sigo teniendo el poder de cambiar de color.



Allison Panizza
17/03/2026