martes, 3 de febrero de 2026

El Final del Pacto de Silencio






 «El cuerpo no traiciona: habla cuando la
verdad ya no puede seguir siendo tragada.»
  






Tuve un sueño extraño, crudo, imposible de ignorar.

En el sueño estaba enferma, terminal.

La sangre brotaba de mi boca y, con ella, pedazos de carne: algo me había estado devorando por dentro durante demasiado tiempo. No era un dolor quieto; era un cuerpo expulsando lo que ya no podía sostener. Había un medicamento que podía aliviar el sangrado, pero no lograba tragarlo. Nada entraba. Todo era salida. Como si el cuerpo supiera antes que la mente que ya no había lugar para seguir callando.

Y aun así, no estaba postrada.

Caminaba. Vivía.

Iba al almacén a comprar bebida y pan para mis hijos. Pan y bebida: lo mínimo para sostener la vida. Notaba que los envases eran finos, antiguos, como si el tiempo se hubiera replegado sobre sí mismo y yo estuviera usando recursos viejos para sobrevivir. No había placer en ese gesto, solo continuidad. Seguir siendo madre mientras algo, por dentro, se desangra.

En un momento dejé la cartera sobre un tacho de residuos mientras me ataba los cordones. Un viento la levantó y se la llevó. Corrí tras ella. Un muchacho la tomó y salió corriendo. Decían que era un ladrón, pero yo no gritaba venganza. No pedía todo. Solo una cosa:

—Dame los documentos. Quédate con lo demás, pero dame los documentos. Los necesito.

Los documentos no eran dinero.

Eran mi identidad.

Mi derecho a existir, a ser atendida, a ser reconocida como alguien que importa. No tenía tiempo —en el sueño lo sabía— para rehacerlos. Me quedaba poco. No quería morir sin nombre.

Llegué a su casa.

Adentro había una mujer mayor, su abuela, jugando y quitando las sábanas a dos niñas gemelas de unos doce años. Más allá apareció una nena de cuatro, su hermana, que miraba en silencio, como diciendo sin palabras: ¿qué hiciste ahora? Nadie hablaba. Nadie intervenía. Todo era juego, normalidad, rutina. La escena perfecta del secreto.

Fui al cuarto del muchacho, ensangrentada, suplicándole. Le conté mi verdad: que estaba enferma, que necesitaba esos documentos para poder atenderme, que no me quedaba tiempo. Él no decía nada. Entonces lo miré mejor… y vi sangre también en su boca. Sus dientes se habían vuelto redondeados, en punta. Dudé de mí misma.

¿Estoy alucinando o estoy viendo lo que siempre estuvo ahí?

No era un monstruo.

Era una sombra.

La figura del que se alimenta del silencio, del que hereda el no hacerse cargo, del que ocupa un lugar construido con lo no dicho. Y aun así, él también sangraba. Porque el silencio no salva a nadie: solo posterga el daño y lo reparte.

Yo seguía pidiendo mis documentos.

No pedía justicia.

Pedía legitimidad.

No quería castigo. Quería existir completa, antes de que fuera tarde.

Entonces desperté.

Mi gatito, Senku, había saltado sobre mi vientre.

El peso tibio de la vida me devolvió al cuerpo. A lo instintivo. A lo que cuida sin palabras. El centro vital eligió volver.

Y al despertar entendí:

la enfermedad no era muerte, era final de ciclo.

La sangre no era castigo, era liberación.

La carne no era horror, era memoria somática saliendo del cuerpo porque ya no hacía falta retenerla para sobrevivir.

Este sueño no anuncia un fin.

Anuncia un límite.

El final del pacto de silencio.

El momento en que el alma deja de devorarse por dentro y exige sus documentos: su nombre, su voz, su verdad.

No quiero morir sin haber sido yo.

Y ya no voy a seguir tragando lo que me enferma.


Allison Panizza
03/02/2026

domingo, 1 de febrero de 2026

Tomando el té con cuatro maestros (sobre la rabia, la madre y el acto de soltar)

 


“Este texto aborda experiencias
de abuso y vínculos familiares difíciles.”

 


 Tomando el té con Carl Jung, Brian Weiss, Viktor Frankl y Milton Erickson, entendí algo que nadie me había dicho antes:

nadie esperaba que perdonara.

nadie me pedía comprensión.

solo que dejara de cargar lo que nunca fue mío.

 

Jung observaba en silencio, como si mirara el fondo de una taza y no el té.

Dijo que la sombra no desaparece cuando se la niega,

sino cuando se la reconoce sin miedo.

Y entendí que mi rabia no era oscuridad:

era energía detenida por lealtad.

 

Brian Weiss sostuvo la taza como quien sabe que el tiempo no es lineal.

Habló de memorias que no siempre empiezan donde creemos,

pero que se quedan cuando alguien —por amor o por supervivencia—

se hace cargo de lo que otros no pudieron sostener.

Yo me hice cargo.

Demasiado pronto.

Demasiado sola.

 

Durante años creí que algo en mí estaba mal.

Que exageraba.

Que debía entender.

Que callar era madurar.

 

Pero no.

Callar fue sobrevivir.

 

Milton Erickson, con esa forma suya de decir sin imponer,

me recordó que el cuerpo nunca olvida el momento exacto

en que aprendió a callar para estar a salvo.

Y también recuerda cuándo el peligro ya pasó.

 

La garganta guarda verdades no dichas.

No por cobardía, sino por miedo a las consecuencias.

El problema es que a veces seguimos pagando consecuencias

cuando ya no existen.

 

Viktor Frankl fue el único que habló de sentido.

No del sentido del dolor —eso sería una crueldad—

sino del sentido de decidir qué no seguir cargando.

 

Y ahí lo vi claro.

 

No devuelvo amor.

No devuelvo recuerdos.

Devuelvo responsabilidades.

 

Devuelvo el silencio impuesto.

Devuelvo la mentira sostenida.

Devuelvo la carga de proteger a quien debía protegerme.

 

No con odio.

Con límites.

 

Hoy no me despido de una persona.

Me despido de una espera.

 

La espera de que me eligieran.

La espera de que se hicieran cargo.

La espera de que la verdad importara.

 

Bajarme de ese lugar duele.

Pero quedarme ahí me destruye.

 

Y por primera vez, sin épica y sin ruido,

me pongo de mi lado.

 

No como acto de rebeldía,

sino como acto de salud.

 

Quizás alguien que lea esto

también esté sosteniendo una carga ajena

desde hace demasiado tiempo.

 

Si es así, ojalá estas palabras sirvan

no para empujar,

sino para dar permiso.

 

Allison Panizza
01/01/2026

Manipulación

 


«Quien no puede gobernarse a sí
mismo, busca gobernar a otros.»
           — Sócrates

 

Hay algo profundamente triste en la manipulación: esa sombra que se filtra en los vínculos donde debería haber confianza. A veces uno siente que nos toman por ingenuos, como si no pudiéramos ver los hilos invisibles que ciertas personas mueven a su conveniencia. Y, sin embargo, los vemos… claro que los vemos. Solo que elegir la paz a veces se confunde con no darse cuenta.

Lo que duele es la creatividad con la que algunos disfrazan sus intenciones: inventan dolencias, accidentes, tragedias improvisadas como actores en un escenario propio, buscando que uno abandone su vida para entrar en su obra. No piensan en que la persona que intentan manejar también carga sus días, sus responsabilidades, su cansancio, su historia.

La manipulación es como un anzuelo dorado: brilla, parece urgente, parece importante, pero si uno lo muerde… termina atrapado en un juego que nunca pidió jugar. Y quienes manipulan son como arquitectos de espejos, expertos en diseñar versiones distorsionadas de la realidad para que uno reaccione según sus intereses.

Y yo, que ya aprendí a mirar más allá de esos reflejos, prefiero ser más inteligente que la marionetista: me muevo suave, observo, no entro en provocaciones. Porque entendí que no soy un personaje secundario en la historia de nadie.

También he visto cómo estas dinámicas dejan huellas en las familias. Me viene a la memoria aquel día, en el lecho de muerte de Riqui. Recuerdo su voz diciéndome: “sí, porque tu abuela…”

No lo dejé terminar. Mi abuela, no.

No permití que se manchara su nombre con palabras que quizá no eran suyas, porque siempre sentí —desde lo más profundo— que muchas de las cosas que se dijeron o hicieron en aquel tiempo venían teñidas por la manipulación de otros.

Y fue eso. Una frase. Un límite. Una defensa silenciosa pero firme. A veces basta con eso.

Porque la manipulación muere donde nace la claridad. Donde uno deja de entrar en teatros ajenos. Donde uno reconoce su valor.

 

Allison Panizza
22/11/2025