lunes, 22 de junio de 2026

La mujer entre versiones Capítulo 2: La vida que casi fue

 


¿Qué ocurre con las decisiones que no tomamos?
¿Desaparecen para siempre o continúan viviendo en algún rincón del universo, esperando que algún día nos atrevamos a mirarlas de frente?
A veces, las vidas que no vivimos tienen algo que decirnos.



La segunda vez que ocurrió, ya no sentí miedo.

Reconocí la sensación apenas apareció.

Era ese instante extraño entre el sueño y la vigilia, cuando el cuerpo duerme pero algo dentro de uno permanece despierto.

Abrí los ojos.

O creí abrirlos.

Frente a mí había una estación de tren.

Antigua.

Silenciosa.

Las paredes estaban cubiertas por relojes detenidos, cada uno marcando una hora diferente.

Ninguno avanzaba.

Ninguno retrocedía.

Simplemente existían.

Como si el tiempo hubiera decidido descansar.

Me puse de pie y observé los andenes.

Había decenas.

Quizás cientos.

Y sobre cada uno, una placa.

«No aceptó aquel trabajo.»

«No respondió aquel mensaje.»

"No se mudó."

«Se quedó.»

«Se fue.»

«Perdonó.»

«No perdonó.»

Sentí un escalofrío.

Aquellos no eran destinos.

Eran decisiones.

Mi vida convertida en caminos.

Mi historia dividida en infinitas posibilidades.

—Bienvenida de nuevo.

Reconocí la voz antes de verla.

Era ella.

La mujer que había encontrado en el lugar sin forma.

La primera versión.

La guardiana.

La que parecía conocer todos los caminos.

—¿Dónde estamos?

—En la estación de las vidas que casi fueron.

—¿Existen todas?

Ella sonrió.

—La pregunta correcta es otra.

—¿Cuál?

—¿Por qué sigues pensando en ellas?

No respondí.

Porque conocía la respuesta.

Todos tenemos una decisión que continúa viviendo dentro de nosotros.

Una puerta que nunca dejamos de mirar.

Un «¿y si...?» que permanece encendido incluso después de muchos años.

Ella me observó en silencio.

Como si pudiera escuchar mis pensamientos.

—Hay alguien que quiere verte.

Señaló uno de los andenes.

Un tren aguardaba allí.

Su vagón era azul oscuro.

Tenía las ventanas iluminadas.

Y sobre la puerta una inscripción sencilla.

«La vida que elegiste abandonar.»

Mi corazón comenzó a latir más fuerte.

—No sé si quiero subir.

—Por supuesto que no.

—¿Entonces por qué vine?

La mujer sonrió.

—Porque llevas años intentando hacerlo.

El tren abrió sus puertas.

Y comprendí que tenía razón.

Subí.

El viaje duró apenas unos segundos.

O quizás una vida.

Es difícil saberlo en lugares donde el tiempo no existe.

Cuando descendí, encontré una ciudad.

Era hermosa.

Calles limpias.

Árboles altos.

Casas con jardines.

El aire tenía el aroma de las mañanas tranquilas.

Y entonces la vi.

Estaba sentada en una terraza.

Tomando café.

Leyendo un libro.

Parecía feliz.

No.

Parecía exactamente como yo imaginaba la felicidad.

Sentí una punzada inmediata.

Aquella mujer tenía la vida que durante años había soñado.

La casa.

La estabilidad.

La calma.

Las cosas que yo había deseado tantas veces.

Por un momento quise marcharme.

Porque comprendí algo doloroso.

No estaba preparada para confirmar que había tomado la decisión equivocada.

Pero ella levantó la vista.

Y me vio.

Como si hubiera estado esperándome.

No parecía sorprendida.

Ni asustada.

Solo cansada.

Extrañamente cansada.

—Por fin llegaste.

Otra vez esa frase.

Otra vez la sensación de ser esperada.

Me senté frente a ella.

Durante unos segundos ninguna habló.

Nos observamos.

Dos espejos reflejando distintas tormentas.

—Así que tú eres la versión feliz —dije.

Ella soltó una carcajada.

La primera carcajada sincera que escuché desde que había llegado.

Y fue entonces cuando vi algo que no había notado.

Sus ojos.

Eran los míos.

Y estaban llenos de nostalgia.

—¿Quién te contó eso?

—Tu vida parece perfecta.

Ella miró alrededor.

La casa.

El jardín.

La tranquilidad.

Todo aquello.

Luego volvió a mirarme.

—¿Y eso te parece suficiente?

No supe qué responder.

Ella cerró el libro.

—Tú me envidias porque crees que yo obtuve lo que querías.

—¿Y no es así?

Su sonrisa se volvió triste.

—Sí.

Lo obtuve.

Hizo una pausa.

—Pero perdí otras cosas.

El viento movió algunas hojas sobre la mesa.

—¿Qué perdiste?

Ella tardó en responder.

Mucho.

—La mujer que te convertiste.

Aquellas palabras atravesaron algo dentro de mí.

—No entiendo.

—Claro que entiendes.

Se inclinó hacia adelante.

—Yo elegí la seguridad.

Tú elegiste la experiencia.

—Yo elegí quedarme.

Tú te atreviste a cambiar.

—Yo construí estabilidad.

Tú construiste profundidad.

Mis ojos comenzaron a humedecerse.

Porque por primera vez comprendí algo.

Ella había pasado años imaginando mi vida.

Igual que yo había imaginado la suya.

—A veces sueño contigo —confesó.

—¿Conmigo?

—Sí.

Con la mujer que siguió buscando respuestas.

Con la que aún se emociona mirando las estrellas.

Con la que no dejó de hacerse preguntas.

Bajó la mirada.

—¿Sabes algo?

—¿Qué?

—A veces daría cualquier cosa por haber sido tú.

El silencio que siguió fue inmenso.

Porque en ese instante entendí la trampa.

Ninguna vida es observada desde dentro.

Siempre miramos la nuestra y la comparamos con la versión idealizada de otra.

Incluso cuando esa otra somos nosotros mismos.

El sol comenzó a desaparecer.

El mundo empezó a desvanecerse lentamente.

Era hora de regresar.

Ella tomó mi mano antes de que todo desapareciera.

Y dijo algo que nunca olvidaré.

—Deja de llorar por las puertas que no cruzaste.

Miré sus ojos.

Ella sonrió.

—Las versiones que viven detrás de ellas también lloran por ti.

Y entonces desperté.

Con lágrimas en las mejillas.

Pero por primera vez...

sin arrepentimiento.



Allison Panizza
22/06/2026





domingo, 21 de junio de 2026

Serie: “La mujer entre versiones” Capítulo 1: La puerta sin forma


«A veces me pregunto cuántas versiones de nosotros
mismos viven detrás de las decisiones que no tomamos...»


 

No fue un sueño común.


Lo supe porque, al despertar, no sentí que hubiera vuelto a mi cuerpo… sino que había regresado a una sola versión de mí entre muchas.


La noche anterior, algo se había abierto. No una puerta visible, ni un portal como los de las historias que uno imagina de niña, sino una especie de silencio distinto, como si el pensamiento hubiera dejado de tener bordes.


Y en ese silencio, me vi caminando.


No sobre una calle, ni sobre tierra conocida.


Sino sobre una sensación.


Cada paso era una posibilidad.


Cada respiración, una decisión que en algún lugar del universo había tomado un rumbo distinto.


Entonces la vi.


No era idéntica a mí, pero tampoco era otra.


Era una versión de mí que parecía más firme, como si la vida no la hubiera quebrado tantas veces, o tal vez sí, pero de otra manera.


Me miraba sin sorpresa.


Como si me hubiera estado esperando desde siempre.


—Llegaste tarde —me dijo.


No supe a qué se refería.


—¿Tarde a qué?


Ella sonrió apenas.


—A mí.


Sentí un frío suave en el pecho, no de miedo, sino de reconocimiento. Como cuando uno escucha su propia voz grabada y por un segundo no sabe si es uno o alguien imitándolo.


—¿Eres… yo? —pregunté.


—Soy una posibilidad tuya —respondió—. Una de las muchas que dejaste atrás sin darte cuenta.


El lugar donde estábamos no tenía paredes. Tampoco cielo. Era como estar dentro de un pensamiento que aún no había terminado de formarse.


—Pensé que si existían otras versiones… serían felices —dije.


Ella soltó una risa corta, sin burla.


—Eso es lo que ustedes creen desde abajo.


—¿Desde abajo?


—Desde una sola vida.


Se acercó un poco. Y por primera vez noté algo extraño: sus ojos tenían la misma tristeza que yo intento esconder cuando digo que estoy bien.


—No vine a mostrarte una vida perfecta —continuó—. Vine a mostrarte algo peor.


Sentí un nudo en el estómago.


—¿Qué cosa?


Ella me miró como si la respuesta fuera obvia.


—Que incluso las versiones que elegiste imaginar como «mejores»… también se hacen preguntas.


El silencio cayó entre nosotras.


No era incómodo. Era profundo.


—Entonces… ¿no existe una vida donde todo esté bien? —pregunté.


Ella negó despacio.


—Existe otra cosa. Aprendizaje en distintas formas. Dolor en distintos tonos. Amor en distintas direcciones.


Pausa.


—Pero ninguna versión de ti se libra de ser consciente.


No supe qué decir.


Porque en algún punto, eso me dolió más que cualquier otra respuesta.


—Entonces… ¿para qué sirve imaginarte? —susurré.


Ella bajó la mirada, como si esa fuera la única pregunta importante.


—Para recordar que no eres solo esta historia que estás viviendo.


El lugar empezó a desdibujarse.


Como si la conversación estuviera terminando no porque hubiera acabado, sino porque el nivel de realidad no podía sostenerla más tiempo.


Antes de irse, me dijo algo que aún me acompaña:


—No me busques como escape. Búscame como espejo.


Y entonces desapareció.


No con un sonido.


Sino como desaparecen las ideas cuando despiertas demasiado rápido.


Desperté.


Mi cuarto era el mismo.


El mundo también.


Pero yo no.


Porque desde ese día entendí algo incómodo:


no estoy hecha de una sola versión.


Estoy hecha de todas las preguntas que aún no he sabido responder.


Y cada vez que dudo de mi camino, siento que en algún lugar… ella también me está mirando.


Esperando que deje de creer que soy solo una.



Allison Panizza
21/06/2026



miércoles, 17 de junio de 2026

Cuando los brazos no alcanzan


 

Todo comenzó con algo pequeño.


Un deseo sencillo.

Un objeto brillante.

Una ilusión infantil que parecía no tener importancia.


De esas que aparecen y desaparecen en cuestión de minutos.

Pero a veces las historias más profundas comienzan así.

Con algo tan pequeño que nadie imagina el peso que puede llegar a tener.

La niña salió corriendo.

Con la velocidad de quien todavía cree que el mundo es un lugar seguro.

Con la confianza de quien aún no conoce el miedo.

Y detrás quedó una madre intentando alcanzarla con la voz.


Prometiendo un después.

Un mañana.

Un momento mejor.

Sin saber que la vida rara vez espera nuestros planes.


Entonces llegó la noche.

Y con ella, esa sensación que ninguna madre olvida aunque solo la haya sentido una vez.


La ausencia.

Primero fue una pregunta.

Después otra.

Y luego el silencio.

Ese silencio que se instala cuando el corazón empieza a imaginar escenarios que la razón todavía se niega a aceptar.

Miré alrededor buscando respuestas.

Rostros desconocidos.

Voces lejanas.

Direcciones inciertas.


Alguien señaló un montón de arena.

Y aunque sobre la arena no había nada,

el alma entendió algo antes que los ojos.


El miedo ya había llegado.

No el miedo a la oscuridad.

No el miedo a quedarse sola.

Sino el miedo más antiguo que existe en el corazón de quien ama.

El miedo a no poder proteger.

Entonces aparecieron todas las imágenes posibles.


Las que nadie quiere pensar.

Las que nadie quiere nombrar.


Porque el amor tiene una forma extraña de sufrir:

cuando no encuentra respuestas, las inventa.

Y en cuestión de segundos puede construir una tragedia entera con un puñado de incertidumbre.


Hasta que comprendí algo.

La vida nunca nos entrega garantías.

Nos entrega vínculos.

Nos entrega abrazos.

Nos entrega momentos.

Y después nos pide un acto de valentía inmenso:

amar sabiendo que no podemos controlarlo todo.

Porque llega un día en que los hijos corren más rápido que nuestros pasos.


Toman caminos propios.

Cruzan puertas que nosotros no podemos atravesar.

Y aunque una parte de nosotros quisiera seguir sosteniéndolos para siempre, la vida tiene otros planes.

No para alejarlos.

Sino para enseñarles a caminar.

Y a nosotros, a confiar.

Quizás el verdadero dolor nunca fue la pérdida.


Quizás fue descubrir que los brazos de una madre, por más amor que contengan, no pueden abarcar todos los caminos.


Y aun así...

siguen siendo hogar.


«Amar también es aprender a soltar el miedo, aunque el corazón siga contando los pasos de quienes más ama».


Allison Panizza 
17/06/2026