sábado, 18 de abril de 2026

Antes de llegar, ya era hogar


 
Hay lugares a los que no se vuelve por casualidad.


Se vuelve porque algo en nosotros

nunca terminó de irse.


Porque entre calles, brisa y recuerdos,

quedó guardada una versión nuestra

que fue feliz sin esfuerzo,

sin tanto ruido,

sin tanto peso.


Y un día, casi sin buscarlo,

ese lugar empieza a aparecer.


En conversaciones sueltas,

en planes que parecen lejanos…

y hasta en sueños.


Como si la vida, de a poco,

fuera acomodando el camino antes de que lo caminemos.


Soñé con nosotros ahí.


Caminando sin apuro,

con los perros,

con el mar cerca,

con esa calma que no se explica,

pero se siente.


Y no era un sueño extraño.

Era familiar.


Como si ya hubiéramos vivido eso,

como si el cuerpo lo reconociera antes que la realidad.


Después lo conté…

y del otro lado llegó algo parecido.


Distinto, pero igual de nuestro.


Porque mientras uno imagina,

el otro sostiene.


Mientras uno siente el momento,

el otro piensa cómo cuidarlo.


Y sin darnos cuenta,

estábamos soñando lo mismo…

desde lugares distintos.


Ahí entendí algo.


No se trata solo de mudarse.

Ni de cambiar de ciudad.

Ni de volver a un punto en el mapa.


Se trata de elegir, otra vez,

la vida que queremos vivir.


Más simple.

Más nuestra.

Más en paz.


Porque hay lugares que no son solo lugares.


Son decisiones.

Son etapas.

Son versiones de nosotros que están esperando.


Y quizás todavía no estamos ahí…


pero algo es seguro:


si ya lo estamos soñando juntos,

es porque en alguna parte del camino,

ya empezó a existir.


Allison Panizza
18/04/2026

miércoles, 15 de abril de 2026

Donde las raíces también florecen



Fui a buscar ayuda…

y no me abrieron la puerta.


Había dolor.

Urgencia.

Algo creciendo dentro mío que necesitaba ser visto, cuidado, sostenido.


Pero no.


Me dijeron que no.

Que no podían atenderme.

Que me fuera.


Y me fui.


Con el cuerpo cargando lo que dolía

y el alma aprendiendo, una vez más,

a sostenerse sola.


El tiempo pasó.

Como pasa siempre.


No pide permiso, no da explicaciones…

solo avanza.


Y en ese avanzar, la vida hizo lo suyo:


armé otra historia,

otro hogar,

otros vínculos que sí supieron quedarse.


Pero hay lugares a los que una vuelve,

no porque quiera…

sino porque algo en nosotros aún necesita comprender.


Volví.


Y ahí estaba.


Como si nada.

Como si el tiempo no hubiera pasado de la misma manera para ambos.


Hablamos.


De la vida.

De lo que fue.

De lo que ya no era.


Pero hay historias que no se cierran con palabras.


Y entonces… me atrapó.


No con manos.

Sino con algo más antiguo.


Con lo no resuelto.

Con lo que quedó latiendo en algún rincón del tiempo.


Me reclamaba.


No desde el presente…

sino desde lo que alguna vez fue.


Y en ese encierro, donde todo parecía detenerse,

no estaba sola.


Mi abuela estaba ahí.


Como si el linaje también supiera aparecer

cuando una necesita recordar de dónde viene.


Nos acercamos a la ventana.


Y lo vimos.


Árboles.


Pero no cualquier árbol.


Eran rosas.

Altísimas.

Imposibles.


Rojas como la vida que duele,

como el amor que marca,

como todo lo que crece incluso en tierra herida.


Y más allá…


algo suspendido.


Un jazmín sostenido en el aire,

sin raíz visible,

sin explicación.


Nos miramos.


No hacía falta decir nada.


Había cosas que simplemente… eran.


Y entonces la sentí.


No afuera.


Dentro.


Una voz que no venía del pasado…

sino de lo que soy hoy.


—Ya me encargué.


Y en esa frase…

algo se liberó.


No hubo lucha.

No hubo ruido.


Solo una certeza suave pero firme:


ya no soy la misma.


La que fue dejada,

la que no fue cuidada,

la que tuvo que sostenerse sola…


ya no está sola.


Porque algo en mí creció.

Echó raíces.

Se volvió árbol.


Y hoy, incluso lo que no tiene explicación…

también me sostiene.


«Hay heridas que no desaparecen…
pero dejan de ser encierro cuando una parte nuestra aprende a liberarnos desde adentro.»


Allison Panizza
15/04/2026

lunes, 13 de abril de 2026

La sombra que se sube

 


Éramos cuatro.

Cuatro hombres unidos por una ausencia que no tenía nombre,

pero sí una fecha.

Cada año volvíamos al mismo lugar,

como si el tiempo pudiera ordenarse repitiendo el ritual,

como si el dolor se hiciera más llevadero cuando se comparte en silencio.

Las cuatro habían partido a la misma edad.

Cincuenta y dos años.

Como si la vida, en algún punto, hubiera decidido detenerse para todas al mismo tiempo.

Yo también había perdido.

Y, sin embargo, en el río… no dolía.

Remaba en una canoa, dejándome llevar por el agua calma,

recordando sin quebrarme,

sintiendo que, por un instante, todo estaba en su lugar.

El río no preguntaba.

Solo fluía.

Y yo con él.

Pero la noche siempre trae lo que el día intenta ordenar.

Nos reunimos, comimos, brindamos…

y entonces algo cambió.

Uno de ellos salió corriendo.

Como si algo invisible lo llamara.

Como si una fuerza, desde algún lugar que no podíamos ver,

lo hubiera tomado de la cabeza.

Después otro.

Y otro.

Los hilos no se veían del todo,

pero estaban ahí.

Tirando.

Arrastrando.

Conectando con algo que no se nombraba.

Entonces la vi.

No como era…

sino como había sido.

Joven.

Quieta.

Extrañamente presente.

Había un hilo en ella también.

Pero no venía hacia mí.

Y en su mirada no había reproche…

solo una pregunta suspendida en el aire:

¿Qué está pasando?

Quise entender… pero el cuerpo habló antes.

El peso cayó sobre mis hombros sin aviso.

Denso.

Cansado.

Como si algo antiguo hubiera decidido instalarse en mí.

—Mira tu sombra —escuché.

Y miré.

Ahí estaba.

No como un reflejo…

sino como algo adherido.

Algo que no era yo,

pero que llevaba encima.

Entonces entendí.

No todo lo que cargamos nos pertenece.

No todo lo que sentimos es nuestro.

No todo lo que duele… nació en nosotros.

Pero igual pesa.

Y pesa hasta que lo miramos.

Luché.

No con fuerza,

sino con conciencia.

Como quien deja de resistirse a ver

y empieza, por fin, a reconocer.

Y en ese reconocimiento…

cedió.

Cayó.

Se soltó.

Respiré.

No porque todo hubiera terminado,

sino porque algo había sido visto.

Y lo que se ve… ya no se queda de la misma forma.

Antes de irme, la miré una vez más.

Ya no como pérdida…

sino como parte de una historia que ya no me define.

Y entonces supe:

Hay sombras que se suben…

pero también hay momentos en los que uno aprende a bajarlas.

No negándolas.

No huyendo.

Sino mirándolas de frente

hasta que recuerdan

que ya no tienen lugar en nosotros.


«No todo lo que cargamos nos pertenece… pero hasta que lo miramos, igual pesa.»


Allison Panizza
13/04/2026