miércoles, 27 de mayo de 2026

La clase a la que nunca creí pertenecer

 



Había edificios enormes,

pasillos largos,

escaleras que parecían conducir a lugares importantes.


Y yo subía.


No con seguridad,

sino con esa mezcla extraña entre curiosidad y miedo

que aparece cuando sentimos que estamos entrando en un mundo donde otros parecen moverse con naturalidad…

y nosotros no.


Éramos un secreto.


Una conexión escondida entre conversaciones, encuentros y silencios compartidos.

Él caminaba adelante como si conociera perfectamente el camino,

como si nunca hubiera dudado de pertenecer a esos espacios.


Yo lo seguía.


Porque a veces el amor también se parece a eso:

seguir a alguien hacia territorios donde todavía no sabemos si tenemos derecho a estar.


La universidad tenía algo solemne.

Grandes puertas.

Escaleras interminables.

Salones pequeños escondidos detrás de estructuras gigantescas.


Y aunque intentaba parecer tranquila,

la verdad era otra:


estaba perdida.


Al día siguiente tuve que volver sola.


Subí las mismas escaleras, atravesé la misma entrada,

pero cuando llegó el momento de elegir el camino…

no supe hacia dónde ir.


Entonces apareció alguien preguntando algo simple:


—¿Qué clase estás tomando?


Y el silencio dentro mío fue inmediato.


No lo sabía.


Ni siquiera entendía bien qué hacía ahí.


La respuesta llegó después, casi como un golpe inesperado:


—¿Arbi Dommadda? Ciencias Políticas.


Y algo dentro mío reaccionó al instante.


No.

Eso no era para mí.


Demasiado difícil.

Demasiado complejo.

Demasiado lejos de quien creía ser.


Porque hay inseguridades que no necesitan ser dichas durante años para quedarse viviendo dentro nuestro.


La sensación de no ser suficientemente inteligente.

De no encajar en ciertos ambientes.

De creer que algunos espacios fueron construidos para otros… nunca para nosotros.


Y mientras luchaba contra esa idea, apareció él otra vez.


Como si supiera exactamente dónde encontrarme perdida.


Me llevó al baño, sacó una pastilla blanca, larga, dura de tragar.


—Te ves cansada.


Pero no estaba cansada.


O quizás sí…

aunque no de la forma que él imaginaba.


Porque hay cansancios que no se notan en la cara.

Cansancios de intentar estar a la altura.

De fingir seguridad.

De caminar lugares donde el alma todavía se siente visitante.


La pastilla seguía ahí, entre mis manos.


Difícil de tragar.


Como todas las cosas que intentamos incorporar para sentirnos suficientes.


Entonces entendí algo.


Tal vez nunca se trató de una universidad.

Ni de política.

Ni siquiera de él.


Tal vez hablaba de todas las veces en que me convencí de que ciertos mundos eran demasiado grandes para mí.


De todas las puertas frente a las que dudé antes de entrar.

De todas las veces que me sentí pequeña al lado de personas que parecían saber exactamente quiénes eran.


Hasta olvidar que yo también tenía derecho a ocupar espacio.


Porque el problema nunca fue no tener capacidad.


Fue crecer creyendo que debía demostrarla constantemente para merecer pertenecer.


Y hay una diferencia enorme entre aprender…

y vivir sintiendo que siempre estamos rindiendo examen.


A veces no nos perdemos por falta de inteligencia…
sino por miedo a sentir que no pertenecemos.


Allison Panizza
27/05/2026

viernes, 22 de mayo de 2026

La niña que quería brillar

 


Había música en el aire.

No una música real,

sino esa sensación extraña de que algo estaba por comenzar.


El patio estaba lleno de movimiento.

Grupos ensayando, voces cruzadas, telas brillando bajo luces imaginarias.

Todos parecían saber exactamente qué hacer.


Y yo observaba.

Hasta que alguien preguntó:

—¿Alguno de ustedes es YouTuber?


La respuesta salió antes de pensarla.

—Tarotista.


Sin miedo.

Sin explicaciones.

Sin esconderlo detrás de palabras más cómodas.


Como si por primera vez no hiciera falta suavizar quién era para poder pertenecer.

Entonces llegó la propuesta:

crear una coreografía de arcanos.

Y algo dentro mío se encendió.


Porque no se trataba solo de un baile.

Se trataba de transformar símbolos en movimiento.

De darle cuerpo a todo aquello que alguna vez vivió escondido entre cartas, intuiciones y silencios.


Elegimos trajes blancos.

Con diamantes pequeños que reflejaran la luz.


Queríamos brillar.

Y quizás eso era lo más importante de todo.


No el espectáculo.

No la competencia.

No ganar.


Sino permitirnos ser vistas.

Mientras organizábamos ideas, el mundo seguía haciendo ruido alrededor.


Autos chocaban a la distancia.

Golpes secos interrumpían el momento como recordatorio de que afuera todavía existía el caos.


Pero adentro, algo distinto estaba ocurriendo.


Una gata apareció de repente y dio vida a tres pequeños gatitos grises con rayas blancas.


Frágiles.

Nuevos.

Intuitivos.


Como las partes de nosotros que nacen después de sobrevivir demasiado tiempo.


Y aunque todo parecía extraño, nada daba miedo.


Porque había una sensación más fuerte que el desorden:


la de estar creando algo verdadero.


Al final terminamos en un salón pequeño, con pocos bancos, planeando cada detalle.


Y entendí algo.


A veces la vida no nos devuelve la infancia que necesitábamos.

Pero sí nos ofrece momentos donde la niña interior vuelve a aparecer… intentando expresarse de otra manera.


No para quedarse atrapada en el pasado.


Sino para recuperar aquello que alguna vez tuvo que esconder:

la creatividad, la intuición, el brillo, la libertad de mostrarse tal cual es.


Porque hay personas que crecieron aprendiendo a ocupar poco espacio.


Hasta que un día descubren que también nacieron para brillar bajo las luces.


Allison Panizza
22/05/2026


lunes, 4 de mayo de 2026

Conexión entre témpano y volcán



Hay encuentros que no suceden…

emergen.


Como si la memoria no habitara en la mente,

sino en algún rincón antiguo del alma

donde el tiempo no tiene dominio.


Dos fuerzas.

Una quieta en la superficie,

aparentemente inmóvil,

pero con profundidades que nadie alcanza.


La otra…

imposible de contener.

Un pulso ardiente que late, crece, desborda.


Y aun así, se buscan.


No en lo evidente.

No en lo que puede tocarse.


Se rozan en lo invisible,

en ese instante exacto donde un pensamiento

no parece propio…

y sin embargo, responde.


Hay presencias que no necesitan cuerpo.

Hay llamadas que no atraviesan el aire.


Solo llegan.


Como ráfagas.


Como ecos de algo que ya fue

y se niega a desaparecer.


Dos mundos que no coinciden,

dos tiempos que no se ajustan,

dos caminos que no se cruzan…

al menos, no aquí.


Pero cuando todo se apaga,

cuando el ruido cede,

cuando los ojos se cierran…


ahí no hay distancia.


Ahí todo ocurre.


Como si lo imposible encontrara grietas

por donde filtrarse.


Como si lo que no puede ser,

simplemente… fuera.


Y sin embargo, hay una verdad que vibra en lo profundo:


Si aquello que permanece inmóvil

se encontrara con aquello que arde,

no habría equilibrio.


Habría ruptura.


Un instante donde lo frío se quiebra,

donde lo ardiente se expande,

donde todo cambia de forma

demasiado rápido.


Demasiado intenso.


Como si el universo mismo no supiera

cómo sostenerlo.


Quizás por eso se mantienen así…


a distancia,

en planos que apenas se rozan,

en silencios que dicen más que cualquier palabra.


Porque hay un tipo de energía

que no viene a quedarse…


viene a despertar.


A remover.

A recordar.

A incendiar lo dormido

y derretir lo sellado.


Y aun así… persiste.


En pensamientos que llegan sin aviso.

En sueños que no parecen sueños.

En esa sensación inexplicable

de no estar del todo separado.


Como si algo, en algún lugar,

siguiera ocurriendo.


Siempre.


Y entonces queda la pregunta, suspendida,

sin respuesta, sin prisa:


si lo eterno necesita forma…

o si basta con sentirse

para existir.


Allison Panizza
04/05/2026