«El verdadero acto de amor no es insistir en entrar...
sino reconocer cuándo es momento de soltar y volver a mí».
Había algo en mí que sabía cambiar de color.
No hacía falta tocarlo, no hacía falta explicarlo…
bastaba con pensarlo, y todo mutaba.
Rojo cuando sentía.
Verde cuando sanaba.
Azul cuando necesitaba calma.
Negro cuando el alma pesaba más que el cuerpo.
Blanco… cuando intentaba soltar.
Caminaba entre risas, entre música, entre lo cotidiano que a veces disfraza lo profundo.
Y ahí estabas.
Como siempre… en ese punto exacto donde lo real y lo inconcluso se encuentran.
Bailamos.
Porque lo nuestro siempre fue así:
movimiento, ritmo, acercamiento…
y una despedida que nunca termina de ser final.
Después me mostraste un paisaje imposible.
Agua que abrazaba,
una orilla que parecía promesa,
un instante donde todo era simple.
Y por un momento… lo fue.
Pero siempre hay una isla.
Una que se ve cerca,
pero no se alcanza fácil.
Una que no abre sus puertas a cualquiera,
ni siquiera a quienes creen merecerla.
Quisimos entrar igual.
Como si el deseo fuera suficiente.
Como si insistir pudiera cambiar la naturaleza de las cosas.
Y entonces volviste…
pero no eras el mismo.
Inmóvil.
Atado.
Ausente.
No roto…
pero tampoco disponible.
Y aun así, intentamos llevarte.
Taparte.
Camuflar lo evidente con hojas frágiles,
como si lo que no se nombra dejara de existir.
Pero hay verdades que no se esconden.
Solo se postergan.
Al llegar, el faro se alzaba alto, distante…
como una claridad que se ve,
pero todavía no se habita.
Y arriba, alguien giraba,
como si custodiar ese lugar implicara entender algo que aún no estábamos listas para ver.
Entonces comprendí, sin palabras:
No todos los caminos están hechos para recorrerse acompañada.
No todos los vínculos pueden cruzar ciertas puertas.
Y no todo lo que sentimos… está destinado a quedarse.
A veces, el verdadero acto de amor
no es insistir en entrar,
sino reconocer cuándo es momento de volver.
Y recordar…
que dentro mío,
sigo teniendo el poder de cambiar de color.
Allison Panizza
17/03/2026