Hay días en los que la vida decide regalarnos una visión imposible.
De pronto, aquello que siempre estuvo lejos aparece tan cerca que podemos distinguir hasta los detalles más pequeños.
Las ventanas de una casa.
El jardín que la rodea.
Las calles silenciosas.
Los edificios que parecen extenderse hacia el cielo.
Entonces comprendemos que la distancia nunca fue tan grande como imaginábamos.
Solo necesitábamos un lugar distinto desde donde mirar.
Durante mucho tiempo contemplé aquella otra orilla con la fascinación de quien descubre un mundo nuevo.
No sentía envidia.
Ni prisa.
Solo un asombro profundo.
Había belleza al otro lado.
Y, por primera vez, podía verla con absoluta claridad.
Alguien dijo:
—Podríamos cruzar.
Qué sencilla puede parecer una frase.
Y, sin embargo, hay palabras que cambian el paisaje entero.
Porque cruzar nunca significa solamente cambiar de lugar.
Significa dejar atrás una versión de nosotros mismos para permitir que otra comience a existir.
Mientras pensábamos en esa posibilidad, el agua empezó a crecer.
Primero lentamente.
Después con una fuerza imposible de detener.
Lo que hasta hacía un instante era un espejo sereno se convirtió en una inmensidad azul, profunda y silenciosa.
No era un agua turbia.
Era hermosa.
Tan hermosa que daba miedo.
Porque existen bellezas capaces de recordarnos lo pequeños que somos.
En un instante, todo quedó sumergido.
La oscuridad envolvió el camino.
El mundo desapareció detrás de una inmensa cortina de agua.
Y el corazón, como suele hacer cuando no entiende lo que sucede, imaginó el peor de los finales.
Pero hubo un detalle que solo comprendí mucho después.
El agua aún no había entrado.
El refugio seguía intacto.
El peligro todavía no había alcanzado aquello que verdaderamente importaba.
Y, aun así, el miedo ya había escrito su propia historia.
Cuántas veces hacemos lo mismo.
Nos ahogamos en futuros que todavía no existen.
Construimos tormentas antes de que aparezca la primera gota.
Olvidamos que el temor tiene la costumbre de llegar mucho antes que la realidad.
Con el tiempo entendí que aquella otra orilla nunca fue un lugar.
Era una posibilidad.
Una vida diferente.
Una decisión aún no tomada.
Un horizonte que esperaba ser habitado cuando el corazón estuviera preparado para navegarlo.
Porque no siempre estamos llamados a cruzar inmediatamente aquello que la vida nos muestra.
A veces solo necesitamos contemplarlo.
Guardar su belleza.
Y confiar en que, cuando llegue el momento, encontraremos la manera de atravesar las aguas sin olvidar quiénes somos.
Quizás la otra orilla nunca estuvo tan lejos.
Quizás lo único que separaba un mundo del otro era el valor necesario para creer que también podíamos pertenecer allí.
«No todas las aguas profundas vienen a hundirnos; algunas solo aparecen para enseñarnos la inmensidad del horizonte que nos espera.»
Allison Panizza
06/07/2026