Recuerdo
esa tierra.
No como
quien imagina, sino como quien ha caminado descalza sobre el polvo antiguo y
todavía guarda la arena en los pliegues de la piel. Era otro tiempo. Una época
remota, anterior a esta vida conocida, pero íntimamente mía.
Las
mujeres avanzaban.
Eran
muchas. De distintas edades, distintos rostros, distintas condiciones. Algunas
vestían telas nobles, largas, pesadas, que hablaban de posición y linaje. Otras
llevaban ropas gastadas, pañuelos firmes cubriendo sus cabezas, manos curtidas
por el trabajo. Algunas cargaban hijos. Todas caminaban con una determinación
silenciosa que no necesitaba proclamarse.
No
marchaban en rebeldía visible.
Marchaban en conciencia.
Dos
jóvenes abrían el camino. No imponían autoridad; irradiaban dirección. Eran
demasiado jóvenes para ser jefas, pero algo en su presencia ordenaba el paso de
las demás. Yo no iba adelante. Caminaba detrás. También vestía buena tela,
calzaba zapatos caros. Mi lugar no era el del liderazgo expuesto.
Mi lugar
era custodiar.
Atravesamos
pueblos y, sin que mediara palabra, más mujeres se nos unían. Era como si nos
reconocieran. Como si supieran que ese movimiento les pertenecía. El grupo
crecía y crecía, y luego el paisaje cambió.
El
desierto se abrió ante nosotras.
Inmenso.
Ardiente. Silencioso.
La arena parecía una prueba. El horizonte, una purificación.
Y sin embargo nadie retrocedió. Seguimos avanzando, y aun en ese territorio
árido más mujeres se sumaban. Aquello no era una caravana común. Era un linaje
en movimiento.
En el
trayecto nos cruzamos con hombres armados. Representaban poder, estructura,
territorio firme. No atacaron. No interrumpieron. Solo observaban. Entre ellos
había uno distinto. No supe por qué, pero lo sentí antes de mirarlo. Cuando
nuestras miradas se cruzaron, algo quedó abierto.
Seguimos.
Más
tarde, ya en descanso, me recosté en una tienda levantada al abrigo de la
noche. El viaje había sido largo. Cerré los ojos. Y entonces sentí el peso de
alguien sentándose junto a mí.
Era él.
Su
belleza no era solo física; era intensidad, decisión, presencia absoluta. Me
miró con una calma que no admitía duda y dijo:
—Te hablé
y no me registraste. Por eso vine.
No había
reproche. Había verdad.
Lo que
ocurrió después no fue impulso ni desorden. Fue encuentro. Fue reconocimiento
de dos fuerzas que habían estado buscándose. Nos unimos con naturalidad, como
si ese instante hubiera sido esperado desde mucho antes del primer paso en el
camino. Se sintió pleno. Completo. Sagrado.
No puedo
nombrarlo en esta vida.
No puedo identificar a ninguna de aquellas mujeres con un rostro actual.
Y, sin embargo, sé que estuve allí.
Sé que
caminé.
Sé que protegí.
Sé que crucé el desierto.
Sé que fui mirada y que respondí.
No era
fantasía.
Era memoria simbólica encarnada.
Las
mujeres eran el linaje: la madre, la trabajadora, la protectora, la que
resiste, la que lidera, la que cuida. Yo no era víctima ni figura central
visible. Era guardiana del movimiento. Sostén silencioso de lo que avanza.
El
desierto fue prueba y purificación.
Los hombres armados, el territorio de la estructura.
Y el hombre que se acercó en la noche no vino a dominar, sino a integrarse.
En esa
historia no había traición ni abandono.
Había propósito.
Había unión.
Había poder en expansión.
Y
comprendí algo sin que nadie lo explicara:
Ya no
caminaba desde la herida.
Caminaba desde la fuerza.
No fue un
simple sueño.
Fue una visión que se siente como recuerdo. 🌙
Allison Panizza
20/02/2026