Éramos cuatro.
Cuatro hombres unidos por una ausencia que no tenía nombre,
pero sí una fecha.
Cada año volvíamos al mismo lugar,
como si el tiempo pudiera ordenarse repitiendo el ritual,
como si el dolor se hiciera más llevadero cuando se comparte en silencio.
Las cuatro habían partido a la misma edad.
Cincuenta y dos años.
Como si la vida, en algún punto, hubiera decidido detenerse para todas al mismo tiempo.
Yo también había perdido.
Y, sin embargo, en el río… no dolía.
Remaba en una canoa, dejándome llevar por el agua calma,
recordando sin quebrarme,
sintiendo que, por un instante, todo estaba en su lugar.
El río no preguntaba.
Solo fluía.
Y yo con él.
Pero la noche siempre trae lo que el día intenta ordenar.
Nos reunimos, comimos, brindamos…
y entonces algo cambió.
Uno de ellos salió corriendo.
Como si algo invisible lo llamara.
Como si una fuerza, desde algún lugar que no podíamos ver,
lo hubiera tomado de la cabeza.
Después otro.
Y otro.
Los hilos no se veían del todo,
pero estaban ahí.
Tirando.
Arrastrando.
Conectando con algo que no se nombraba.
Entonces la vi.
No como era…
sino como había sido.
Joven.
Quieta.
Extrañamente presente.
Había un hilo en ella también.
Pero no venía hacia mí.
Y en su mirada no había reproche…
solo una pregunta suspendida en el aire:
¿Qué está pasando?
Quise entender… pero el cuerpo habló antes.
El peso cayó sobre mis hombros sin aviso.
Denso.
Cansado.
Como si algo antiguo hubiera decidido instalarse en mí.
—Mira tu sombra —escuché.
Y miré.
Ahí estaba.
No como un reflejo…
sino como algo adherido.
Algo que no era yo,
pero que llevaba encima.
Entonces entendí.
No todo lo que cargamos nos pertenece.
No todo lo que sentimos es nuestro.
No todo lo que duele… nació en nosotros.
Pero igual pesa.
Y pesa hasta que lo miramos.
Luché.
No con fuerza,
sino con conciencia.
Como quien deja de resistirse a ver
y empieza, por fin, a reconocer.
Y en ese reconocimiento…
cedió.
Cayó.
Se soltó.
Respiré.
No porque todo hubiera terminado,
sino porque algo había sido visto.
Y lo que se ve… ya no se queda de la misma forma.
Antes de irme, la miré una vez más.
Ya no como pérdida…
sino como parte de una historia que ya no me define.
Y entonces supe:
Hay sombras que se suben…
pero también hay momentos en los que uno aprende a bajarlas.
No negándolas.
No huyendo.
Sino mirándolas de frente
hasta que recuerdan
que ya no tienen lugar en nosotros.
«No todo lo que cargamos nos pertenece… pero hasta que lo miramos, igual pesa.»
Allison Panizza
13/04/2026