jueves, 1 de octubre de 2026

Lo que es mío



Hay sueños que parecen no tener ninguna lógica cuando despertamos.

Este era uno de ellos.

Comenzaba en una terminal.

Estábamos allí porque íbamos a ver partir un barco nuevo. Había gente, movimiento, voces conocidas y desconocidas. Pablo estaba conmigo, también algunos compañeros de trabajo de él.

Todo parecía normal hasta que alguien gritó:

—¡Cierren las compuertas!

No entendí por qué.

Estábamos abajo, demasiado abajo.

Y entonces apareció el agua.

Primero fue apenas un poco. Después comenzó a entrar con una rapidez que convirtió aquel lugar en una trampa.

Sentí miedo.

Un miedo primitivo, de esos que no necesitan explicaciones.

No quería quedar atrapada. No quería morir ahogada.

Busqué una salida.

Corrí.

No recuerdo exactamente por dónde salimos, pero salimos.

El aire volvió a entrar en mis pulmones y pensé que lo peor había pasado.

Pero los sueños no suelen pedir permiso para cambiar de historia.

Entonces apareció un rumor.

Algo que alguien había dicho sobre Adriana. Una historia extraña, confusa, imposible de comprobar.

Las palabras comenzaron a pasar de una persona a otra hasta que, como suele ocurrir con los rumores, dejaron de parecer un rumor y adquirieron una extraña apariencia de verdad.

Y entonces ocurrió algo todavía más absurdo.

Adriana apareció con una daga.

Y se la clavó a Pablo en el pecho.

No recuerdo haber gritado.

No recuerdo siquiera haber tenido tiempo de asustarme.

Porque, de pronto, cinco cachorros Golden blancos y uno de color crema pasaron corriendo delante de nosotros.

Pequeños.

Desordenados.

Felices.

Como si el mundo no acabara de volverse peligroso.

Fuimos detrás de ellos.

Y corrimos.

Corrimos hasta encontrarnos dentro de una balsa, atravesando un río.

Para llegar a la otra orilla había que hacer algo todavía más extraño: saltar sobre una cama elástica y, desde allí, caer sobre un colchón inflable.

No había puente.

No había camino.

Solo había que confiar en el salto.

Y salté.

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Después estaba en Sarandí del Yi.

Senku se había escapado.

Lo vi meterse entre las cañas, avanzando hacia la casa de Graciela.

Fui detrás de él.

Pensaba en atraparlo, en traerlo de vuelta, en preguntarme cómo había conseguido llegar hasta allí.

Pero cuando finalmente lo encontré, descubrí algo que yo no sabía.

Frente a él había un gatito negro.

Se miraron.

No había miedo.

Parecía que se conocían.

Parecía que habían sido amigos desde antes de que yo supiera de la existencia del otro.

Me quedé mirándolos.

Y por un instante pensé que quizá no todo lo que se escapa está perdido.

Quizá algunas cosas simplemente encuentran caminos que nosotros desconocemos.

Entré entonces a la casa de Graciela.

Pero ya no era la casa de Graciela.

Era una escuela italiana.

Había pupitres, niños, una maestra inquieta esperando comenzar la clase y un hombre que vendía pequeñas figuras hechas con plastilina.

Decía que lo hacía para conseguir dinero para que su hija pudiera estudiar allí.

Los compradores eran niños.

Todo era extraño.

Pero nadie parecía encontrarlo extraño.

La maestra finalmente dijo:

—Siéntense. En el recreo pueden vender.

Y yo me senté.

Después de correr, escapar, cruzar ríos y perseguir gatos, por fin estaba quieta.

Saqué mi lapicera.

Era una lapicera artesanal de Colonia.

La dejé sobre el pupitre.

Solo por un momento.

Cuando volví a mirarla, el hombre de la plastilina la estaba tocando.

—Es mía —dijo.

Lo miré.

—No. Es mía.

—Es mía.

Sentí que algo dentro de mí se encendía.

—Señor, es mía. Es de Colonia.

Pero él insistía.

La miraba como si pudiera convertir su mentira en verdad simplemente repitiéndola.

Entonces le dije:

—Usted hace plastilina con formas. No invente.

Comenzamos a discutir.

Él quería quitármela.

Yo no pensaba dejarla.

Y entonces comprendí que, en aquel sueño absurdo, había algo que no era absurdo en absoluto.

Había pasado por el agua.

Sentido miedo.

Visto a Pablo herido.

Corrido detrás de cachorros.

Cruzado un río de una manera imposible.

Seguido a Senku entre las cañas.

Descubierto que tenía un amigo que yo no conocía.

Entrado en una escuela italiana que antes había sido la casa de Graciela.

Y ahora alguien pretendía decirme que aquello que yo reconocía como mío nunca me había pertenecido.

Apreté la lapicera entre mis dedos.

Y esta vez no sentí miedo.

Porque hay cosas que no necesitamos que nadie nos explique.

No necesitamos documentos.

No necesitamos permisos.

No necesitamos que otro las reconozca para saber que forman parte de nosotros.

Las sabemos nuestras porque las hemos llevado con nosotros.

Porque tienen nuestra historia.

Porque vienen de un lugar que también nos pertenece.

Quizás la vida sea un poco así.

A veces entramos en lugares donde el agua sube demasiado rápido.

A veces tenemos que saltar sin saber exactamente dónde vamos a caer.

A veces quienes amamos toman caminos que desconocíamos.

A veces encontramos amistades inesperadas entre las cañas.

Y a veces alguien intenta apropiarse de algo que llevamos dentro desde hace mucho tiempo.

Entonces solamente queda reconocerlo.

Tomarlo entre las manos.

Y decir, sin gritar, sin miedo y sin necesidad de convencer a nadie:

—No. Esto es mío.

Y desperté.


«No todo lo que se escapa está perdido.

Y no todo lo que alguien reclama le pertenece».



Allison Panizza

01/10/2026

jueves, 20 de agosto de 2026

Hay caminos que deben esperar

 


Hay días en los que el cielo parece saber algo antes que nosotros.

Primero llega una nube.

Después una llovizna tímida.

Y mientras alguien espera, todavía creemos que todo seguirá su curso.

Hay una mujer vestida de blanco, hermosa en su sencillez, esperando a quien ama.

No le importa que el vestido pueda mojarse.

No le importa que el peinado pierda su forma.

Ella espera.

Porque hay personas que, cuando esperan algo con el corazón entero, creen que ninguna tormenta será suficiente para impedir el encuentro.

Pero el agua comienza a crecer.

Primero cubre una calle.

Después otra.

Hasta que los caminos desaparecen bajo una inmensa superficie de agua.

Los camiones quedan atrapados.

Algunas personas buscan refugio sobre los techos.

Hay manos que piden ayuda.

Carteles que intentan hacerse visibles entre la corriente.

Y entonces comprendemos que no siempre basta con querer llegar.

A veces el camino, simplemente, no está disponible.

Miramos un mapa buscando una alternativa.

Una ruta.

Un pequeño desvío que nos permita continuar.

Pero hacia donde miremos hay más agua.

Y aparece esa pregunta que pesa más que la propia inundación:

¿Cómo llegaremos si quienes vienen a ayudarnos tampoco pueden atravesarla?

Quizás hay momentos en la vida en los que no debemos cruzar.

No porque hayamos perdido el rumbo.

No porque aquello que esperamos haya dejado de existir.

Sino porque el agua todavía tiene algo que decir.

Hay caminos que necesitan volver a aparecer.

Hay orillas que necesitan esperar.

Hay encuentros que no pueden suceder mientras intentamos atravesar una tormenta que todavía no ha terminado.

Y quizás eso sea lo más difícil de aceptar:

que querer llegar no siempre significa que sea el momento de hacerlo.

A veces la mayor forma de cuidado consiste en detenerse.

Mirar el agua.

Esperar.

Confiar en que, cuando baje, volveremos a reconocer las calles que creíamos perdidas.

Quizás algunas cosas no se fueron.

Quizás simplemente quedaron del otro lado de una corriente que hoy no podemos atravesar.

Y entonces entendemos que esperar no siempre es quedarse quieto.

A veces esperar es proteger aquello que todavía importa.

Es dejar que el agua siga su curso sin convertir nuestra desesperación en otra inundación.

Es recordar que ningún paisaje permanece bajo el agua para siempre.

Algún día aparecerá nuevamente el camino.

Y cuando eso suceda, quizás descubramos que nunca estuvimos perdidos.

Solo estábamos aprendiendo a no cruzar cualquier río para llegar a cualquier lugar.

Porque hay destinos a los que se llega cuando el agua baja.

No cuando el miedo nos obliga a nadar.


Allison Panizza
20/08/2026






lunes, 10 de agosto de 2026

Lo que todavía no sé

 


Hay cosas que llegan sin pedir permiso.

Aparecen en medio de una historia que no comprendemos, dejan una señal sobre la mesa y desaparecen antes de que podamos preguntarles qué significan.

Podría perseguirlas.

Buscar respuestas.

Abrir cada puerta.

Intentar convertir cada coincidencia en una explicación.

Pero esta vez decidí no hacerlo.

Había un número.

Una pequeña secuencia de cifras que apareció entre tantas otras y que, por alguna razón, alguien me dijo que recordara.

Era mío.

No sé por qué.

No sé desde cuándo.

No sé qué significa.

Y, curiosamente, tampoco necesito saberlo ahora.

Porque quizás hay respuestas que necesitan tiempo para encontrarnos.

Quizás algunas cosas deben permanecer suspendidas en ese territorio extraño donde todavía no son certeza ni olvido.

Como una semilla debajo de la tierra.

No podemos verla.

No sabemos exactamente cuándo comenzará a abrirse.

Pero eso no significa que no esté ocurriendo algo.

Aprendí que el misterio también necesita espacio.

Que no todo debe ser interpretado.

Que no toda señal necesita convertirse inmediatamente en una respuesta.

A veces basta con guardar aquello que nos llamó la atención y continuar caminando.

Sin perseguirlo.

Sin exigirle que se revele.

Sin convertir la curiosidad en ansiedad.

Porque si realmente tiene algo para decirme...

encontrará la manera.

Tal vez vuelva en otra noche.

Tal vez aparezca en una conversación.

Tal vez se esconda dentro de una fecha, de una palabra, de una casualidad tan pequeña que casi pase inadvertida.

O tal vez nunca vuelva.

Y también estará bien.

Porque hay una belleza particular en no saber.

Una magia que solamente existe mientras la puerta permanece entreabierta.

Así que guardo el número.

No lo descifro.

No lo persigo.

Lo dejo descansar en algún rincón de mi memoria.

Y sigo viviendo.

Porque quizá el verdadero mensaje no estaba en las cifras.

Quizá estaba en aprender a confiar en aquello que todavía no comprendo.

Y si algún día la respuesta llega...

quiero reconocerla sin haberla obligado a venir.


«No todo misterio pide una respuesta; algunos solo piden que tengamos la paciencia de dejar que la magia haga su trabajo.»


Allison Panizza
10/08/2026