lunes, 10 de agosto de 2026

Lo que todavía no sé

 


Hay cosas que llegan sin pedir permiso.

Aparecen en medio de una historia que no comprendemos, dejan una señal sobre la mesa y desaparecen antes de que podamos preguntarles qué significan.

Podría perseguirlas.

Buscar respuestas.

Abrir cada puerta.

Intentar convertir cada coincidencia en una explicación.

Pero esta vez decidí no hacerlo.

Había un número.

Una pequeña secuencia de cifras que apareció entre tantas otras y que, por alguna razón, alguien me dijo que recordara.

Era mío.

No sé por qué.

No sé desde cuándo.

No sé qué significa.

Y, curiosamente, tampoco necesito saberlo ahora.

Porque quizás hay respuestas que necesitan tiempo para encontrarnos.

Quizás algunas cosas deben permanecer suspendidas en ese territorio extraño donde todavía no son certeza ni olvido.

Como una semilla debajo de la tierra.

No podemos verla.

No sabemos exactamente cuándo comenzará a abrirse.

Pero eso no significa que no esté ocurriendo algo.

Aprendí que el misterio también necesita espacio.

Que no todo debe ser interpretado.

Que no toda señal necesita convertirse inmediatamente en una respuesta.

A veces basta con guardar aquello que nos llamó la atención y continuar caminando.

Sin perseguirlo.

Sin exigirle que se revele.

Sin convertir la curiosidad en ansiedad.

Porque si realmente tiene algo para decirme...

encontrará la manera.

Tal vez vuelva en otra noche.

Tal vez aparezca en una conversación.

Tal vez se esconda dentro de una fecha, de una palabra, de una casualidad tan pequeña que casi pase inadvertida.

O tal vez nunca vuelva.

Y también estará bien.

Porque hay una belleza particular en no saber.

Una magia que solamente existe mientras la puerta permanece entreabierta.

Así que guardo el número.

No lo descifro.

No lo persigo.

Lo dejo descansar en algún rincón de mi memoria.

Y sigo viviendo.

Porque quizá el verdadero mensaje no estaba en las cifras.

Quizá estaba en aprender a confiar en aquello que todavía no comprendo.

Y si algún día la respuesta llega...

quiero reconocerla sin haberla obligado a venir.


«No todo misterio pide una respuesta; algunos solo piden que tengamos la paciencia de dejar que la magia haga su trabajo.»


Allison Panizza
10/08/2026


jueves, 6 de agosto de 2026

La otra orilla


 

Hay días en los que la vida decide regalarnos una visión imposible.

De pronto, aquello que siempre estuvo lejos aparece tan cerca que podemos distinguir hasta los detalles más pequeños.

Las ventanas de una casa.

El jardín que la rodea.

Las calles silenciosas.

Los edificios que parecen extenderse hacia el cielo.

Entonces comprendemos que la distancia nunca fue tan grande como imaginábamos.

Solo necesitábamos un lugar distinto desde donde mirar.

Durante mucho tiempo contemplé aquella otra orilla con la fascinación de quien descubre un mundo nuevo.

No sentía envidia.

Ni prisa.

Solo un asombro profundo.

Había belleza al otro lado.

Y, por primera vez, podía verla con absoluta claridad.

Alguien dijo:

—Podríamos cruzar.

Qué sencilla puede parecer una frase.

Y, sin embargo, hay palabras que cambian el paisaje entero.

Porque cruzar nunca significa solamente cambiar de lugar.

Significa dejar atrás una versión de nosotros mismos para permitir que otra comience a existir.

Mientras pensábamos en esa posibilidad, el agua empezó a crecer.

Primero lentamente.

Después con una fuerza imposible de detener.

Lo que hasta hacía un instante era un espejo sereno se convirtió en una inmensidad azul, profunda y silenciosa.

No era un agua turbia.

Era hermosa.

Tan hermosa que daba miedo.

Porque existen bellezas capaces de recordarnos lo pequeños que somos.

En un instante, todo quedó sumergido.

La oscuridad envolvió el camino.

El mundo desapareció detrás de una inmensa cortina de agua.

Y el corazón, como suele hacer cuando no entiende lo que sucede, imaginó el peor de los finales.

Pero hubo un detalle que solo comprendí mucho después.

El agua aún no había entrado.

El refugio seguía intacto.

El peligro todavía no había alcanzado aquello que verdaderamente importaba.

Y, aun así, el miedo ya había escrito su propia historia.

Cuántas veces hacemos lo mismo.

Nos ahogamos en futuros que todavía no existen.

Construimos tormentas antes de que aparezca la primera gota.

Olvidamos que el temor tiene la costumbre de llegar mucho antes que la realidad.

Con el tiempo entendí que aquella otra orilla nunca fue un lugar.

Era una posibilidad.

Una vida diferente.

Una decisión aún no tomada.

Un horizonte que esperaba ser habitado cuando el corazón estuviera preparado para navegarlo.

Porque no siempre estamos llamados a cruzar inmediatamente aquello que la vida nos muestra.

A veces solo necesitamos contemplarlo.

Guardar su belleza.

Y confiar en que, cuando llegue el momento, encontraremos la manera de atravesar las aguas sin olvidar quiénes somos.

Quizás la otra orilla nunca estuvo tan lejos.

Quizás lo único que separaba un mundo del otro era el valor necesario para creer que también podíamos pertenecer allí.


«No todas las aguas profundas vienen a hundirnos; algunas solo aparecen para enseñarnos la inmensidad del horizonte que nos espera.»



Allison Panizza
06/07/2026

viernes, 24 de julio de 2026

Las ventanas invisibles

 


Hay personas que viajan para conocer el mundo.


Yo, sin moverme de casa, empecé a descubrirlo abriendo sobres.


Nunca imaginé que una carta pudiera ser una ventana.


No una ventana hacia un paisaje, sino hacia una conciencia distinta.


Porque un paisaje puede admirarse.


Pero una manera de sentir...


…solo puede habitarse por un instante.


Con cada carta alguien me presta sus ojos.


Y durante unos minutos dejo de ser únicamente yo.


Camino por una playa de Alejandría mientras un hombre me habla del Mediterráneo como si fuera un viejo amigo.


Entro en un bosque español donde el silencio parece tener voz y descubro que hay personas capaces de llevar un café hasta la cima de una montaña solo para compartirlo con el viento.


Cruzo una librería antigua donde un desconocido me habla de los libros usados como si fueran seres vivos, capaces de guardar dos historias al mismo tiempo: la del autor que los escribió y la de quienes dejaron una dedicatoria olvidada entre sus primeras páginas. Entonces comprendo que, a veces, una simple frase escrita para alguien hace cincuenta años sigue esperando al lector que realmente necesitaba encontrarla.


Viajo hasta Francia, donde una mujer reconstruye su árbol genealógico como quien intenta volver a unir las piezas de un espejo antiguo, convencida de que conocer de dónde venimos también ilumina el lugar hacia donde vamos.


Llego a Escocia, donde descubro escritores que jamás habían cruzado mi camino y comprendo que cada cultura es una biblioteca inmensa de la que apenas hemos abierto un par de libros.


Me siento en una cocina de Colombia mientras una psicóloga me recuerda que las grietas no son el final de una historia, sino el lugar exacto por donde empieza a entrar la luz.


Cruzo México, Bolivia, Argentina, Italia... y en cada carta alguien deja sobre la mesa una canción, una receta, una ciudad, una pérdida, un sueño, un miedo o una pregunta.


Y entonces ocurre algo extraño.


Creía que estaba conociendo a los demás.


Pero, en realidad...


ellos estaban revelándome partes de mí que aún no conocía.


Porque cada persona es un espejo construido con una luz diferente.


Y dependiendo de quién tengamos delante, descubrimos un rostro nuevo de nosotros mismos.


Quizás por eso algunas conversaciones nos cambian sin hacer ruido.


No porque nos enseñen algo.


Sino porque iluminan algo que llevaba años esperando dentro de nosotros.


Comprendí que el mundo no está dividido por océanos ni por idiomas.


Está dividido por las historias que todavía no hemos escuchado.


Y cada vez que alguien decide abrirme la puerta de la suya, el mapa que llevo dentro vuelve a dibujarse.


Hoy ya no espero cartas para saber cómo viven otros.


Las espero porque sé que, escondida entre las palabras de un desconocido, puede venir una pregunta que cambie mi forma de mirar la vida.


Al final comprendí que nunca estuve coleccionando correspondencia.


Lo que, sin darme cuenta, empecé a coleccionar fueron pequeñas ventanas hacia el alma humana.


Y descubrí que cada una de ellas, además de mostrarme el mundo...


…abría otra habitación dentro de mí que todavía permanecía cerrada.



«El mundo no está dividido por océanos ni por idiomas. Está dividido por las historias que todavía no hemos escuchado.»


Allison Panizza
24/07/2026