No fue un sueño común.
Lo supe porque, al despertar, no sentí que hubiera vuelto a mi cuerpo… sino que había regresado a una sola versión de mí entre muchas.
La noche anterior, algo se había abierto. No una puerta visible, ni un portal como los de las historias que uno imagina de niña, sino una especie de silencio distinto, como si el pensamiento hubiera dejado de tener bordes.
Y en ese silencio, me vi caminando.
No sobre una calle, ni sobre tierra conocida.
Sino sobre una sensación.
Cada paso era una posibilidad.
Cada respiración, una decisión que en algún lugar del universo había tomado un rumbo distinto.
Entonces la vi.
No era idéntica a mí, pero tampoco era otra.
Era una versión de mí que parecía más firme, como si la vida no la hubiera quebrado tantas veces, o tal vez sí, pero de otra manera.
Me miraba sin sorpresa.
Como si me hubiera estado esperando desde siempre.
—Llegaste tarde —me dijo.
No supe a qué se refería.
—¿Tarde a qué?
Ella sonrió apenas.
—A mí.
Sentí un frío suave en el pecho, no de miedo, sino de reconocimiento. Como cuando uno escucha su propia voz grabada y por un segundo no sabe si es uno o alguien imitándolo.
—¿Eres… yo? —pregunté.
—Soy una posibilidad tuya —respondió—. Una de las muchas que dejaste atrás sin darte cuenta.
El lugar donde estábamos no tenía paredes. Tampoco cielo. Era como estar dentro de un pensamiento que aún no había terminado de formarse.
—Pensé que si existían otras versiones… serían felices —dije.
Ella soltó una risa corta, sin burla.
—Eso es lo que ustedes creen desde abajo.
—¿Desde abajo?
—Desde una sola vida.
Se acercó un poco. Y por primera vez noté algo extraño: sus ojos tenían la misma tristeza que yo intento esconder cuando digo que estoy bien.
—No vine a mostrarte una vida perfecta —continuó—. Vine a mostrarte algo peor.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué cosa?
Ella me miró como si la respuesta fuera obvia.
—Que incluso las versiones que elegiste imaginar como «mejores»… también se hacen preguntas.
El silencio cayó entre nosotras.
No era incómodo. Era profundo.
—Entonces… ¿no existe una vida donde todo esté bien? —pregunté.
Ella negó despacio.
—Existe otra cosa. Aprendizaje en distintas formas. Dolor en distintos tonos. Amor en distintas direcciones.
Pausa.
—Pero ninguna versión de ti se libra de ser consciente.
No supe qué decir.
Porque en algún punto, eso me dolió más que cualquier otra respuesta.
—Entonces… ¿para qué sirve imaginarte? —susurré.
Ella bajó la mirada, como si esa fuera la única pregunta importante.
—Para recordar que no eres solo esta historia que estás viviendo.
El lugar empezó a desdibujarse.
Como si la conversación estuviera terminando no porque hubiera acabado, sino porque el nivel de realidad no podía sostenerla más tiempo.
Antes de irse, me dijo algo que aún me acompaña:
—No me busques como escape. Búscame como espejo.
Y entonces desapareció.
No con un sonido.
Sino como desaparecen las ideas cuando despiertas demasiado rápido.
Desperté.
Mi cuarto era el mismo.
El mundo también.
Pero yo no.
Porque desde ese día entendí algo incómodo:
no estoy hecha de una sola versión.
Estoy hecha de todas las preguntas que aún no he sabido responder.
Y cada vez que dudo de mi camino, siento que en algún lugar… ella también me está mirando.
Esperando que deje de creer que soy solo una.
Allison Panizza
21/06/2026