martes, 17 de marzo de 2026

La isla donde no todos pueden entrar

 



«El verdadero acto de amor no es insistir en entrar...
sino reconocer cuándo es momento de soltar y volver a mí».


Había algo en mí que sabía cambiar de color.

No hacía falta tocarlo, no hacía falta explicarlo…

bastaba con pensarlo, y todo mutaba.


Rojo cuando sentía.

Verde cuando sanaba.

Azul cuando necesitaba calma.

Negro cuando el alma pesaba más que el cuerpo.

Blanco… cuando intentaba soltar.


Caminaba entre risas, entre música, entre lo cotidiano que a veces disfraza lo profundo.

Y ahí estabas.

Como siempre… en ese punto exacto donde lo real y lo inconcluso se encuentran.


Bailamos.


Porque lo nuestro siempre fue así:

movimiento, ritmo, acercamiento…

y una despedida que nunca termina de ser final.


Después me mostraste un paisaje imposible.

Agua que abrazaba,

una orilla que parecía promesa,

un instante donde todo era simple.


Y por un momento… lo fue.


Pero siempre hay una isla.


Una que se ve cerca,

pero no se alcanza fácil.

Una que no abre sus puertas a cualquiera,

ni siquiera a quienes creen merecerla.


Quisimos entrar igual.


Como si el deseo fuera suficiente.

Como si insistir pudiera cambiar la naturaleza de las cosas.


Y entonces volviste…

pero no eras el mismo.


Inmóvil.

Atado.

Ausente.


No roto…

pero tampoco disponible.


Y aun así, intentamos llevarte.

Taparte.

Camuflar lo evidente con hojas frágiles,

como si lo que no se nombra dejara de existir.


Pero hay verdades que no se esconden.

Solo se postergan.


Al llegar, el faro se alzaba alto, distante…

como una claridad que se ve,

pero todavía no se habita.


Y arriba, alguien giraba,

como si custodiar ese lugar implicara entender algo que aún no estábamos listas para ver.


Entonces comprendí, sin palabras:


No todos los caminos están hechos para recorrerse acompañada.

No todos los vínculos pueden cruzar ciertas puertas.

Y no todo lo que sentimos… está destinado a quedarse.


A veces, el verdadero acto de amor

no es insistir en entrar,

sino reconocer cuándo es momento de volver.


Y recordar…

que dentro mío,

sigo teniendo el poder de cambiar de color.



Allison Panizza
17/03/2026


viernes, 6 de marzo de 2026

Donde la memoria se vuelve camino

 


A veces la vida nos devuelve a paisajes antiguos.
No para quedarnos en ellos…
sino para comprenderlos y poder seguir caminando.


A veces la vida nos reúne otra vez con todo aquello de lo que venimos.

Como si el tiempo doblara una esquina invisible y, de pronto, todas las historias se sentaran en la misma mesa.

Rostros familiares.

Voces que traen ecos de otros años.

Miradas que cargan con lo que fue dicho… y también con lo que jamás se dijo.

Pero el camino no se detiene allí.

Más adelante aparecen los niños.

Son cuatro.

Caminan juntos, como si representaran algo que todavía necesita ser protegido.

Uno de ellos lleva en la piel una marca antigua, una quemadura que no pertenece al presente sino a un incendio ocurrido mucho tiempo atrás.

Las cicatrices hablan de eso:

de fuegos que arrasaron,

de pérdidas que nadie supo explicar,

de sobrevivir cuando todavía no se tenía la edad para comprender lo que estaba pasando.

Y sin embargo, alguien los cuida.

Una mujer cuya presencia transmite una calma que no necesita historia.

Una de esas figuras que aparecen en el camino como si la vida quisiera recordarnos que también existe otra forma de amor: la que protege, la que sostiene, la que no hiere.

Seguimos caminando.

Entonces el suelo cambia.

La tierra deja de ser firme y se vuelve blanda, como si estuviéramos atravesando un territorio que todavía se está formando.

Un humo rosado flota en el aire, suave y silencioso, como la transformación que ocurre dentro del corazón cuando algo muy antiguo empieza finalmente a moverse.

En medio de ese paisaje aparece un elefante.

Avanza lento, con la sabiduría de quien conoce todos los caminos del tiempo.

Sobre su espalda carga prendas de cuero gastadas, como si llevara consigo historias enteras: memorias de vidas, luchas, decisiones, heridas que atravesaron generaciones.

La memoria pesa.

Pero también enseña.

Nadie se detiene demasiado en él, porque todos saben que hay alguien a quien debemos encontrar.

Un hombre azul.

Su presencia recuerda a las antiguas fuerzas que no llegan para castigar, sino para transformar.

A esas energías que destruyen lo que ya no puede seguir existiendo para abrir paso a algo nuevo.

No se lo busca por miedo.

Se lo busca porque, en algún punto del camino, todos necesitamos atravesar esa transformación para poder seguir viviendo de verdad.

Y mientras el viaje continúa, algo se vuelve claro.

Las heridas no siempre desaparecen.

Algunas se quedan como cicatrices silenciosas que recuerdan lo que fue.

Pero también existe otra posibilidad.

Que aquello que una vez dolió se convierta en comprensión.

Que la memoria deje de ser una carga para transformarse en sabiduría.

Que el pasado, en lugar de encadenarnos, nos enseñe finalmente a caminar.

Porque tal vez de eso se trate todo este viaje.

De atravesar los paisajes más profundos del alma…

hasta encontrar el punto exacto donde el dolor deja de gobernar la historia.

Y comienza, por fin, algo nuevo.



A veces el pasado no desaparece…

solo espera el momento en que podamos transformarlo.


Allison Panizza

06/03/2026



sábado, 28 de febrero de 2026

Síndrome del Nido Vacío (SNV)




Dicen que los hijos se van para volar.

Nadie te explica lo que queda cuando despegan.


La casa no está vacía.

Está distinta.

Silenciosa en lugares que antes respiraban pasos apurados, risas sin aviso y puertas que se abrían sin tocar.


Me repito:

“Se fue a estudiar. Está cumpliendo su sueño. Seis años pasan volando.”

Lo digo firme. Convencida.

Pero por dentro hay días en que camino por las paredes.


No sabía que se podía estar feliz y rota al mismo tiempo.

Hasta que la vi irse con esa mezcla de nervios y luz en los ojos.


¿Estará bien?

¿Me necesitará?

¿Y si algo pasa y no estoy?

¿Y si un día se siente sola y no sé leerlo en su voz?


Durante años fue mi sombra.

No cruzaba sola ni la esquina.

Me buscaba con la mirada antes de cada paso.

Pegada a mí, pegada a su padre.


Y ahora…

sale. Decide. Resuelve.

Camina otra ciudad como si siempre hubiera sido suya.

Nos sorprendió desde el primer día.


Mi miedo no era que se fuera.

Era que no pudiera.

Que el mundo le quedara grande.

Que se asustara y volviera con el alma rota.


Pero el mundo no le quedó grande.

Me quedó grande a mí.


Porque el Síndrome del Nido Vacío no es ausencia.

Es misión cumplida.

Es descubrir que hiciste tan bien tu trabajo,

que ya no sos imprescindible en lo cotidiano.


Y eso duele.


Duele aceptar que el amor cambia de forma.

Que ya no es sostener la mano,

sino confiar en las alas.


El silencio no es abandono,

es expansión.


La ansiedad no es desconfianza,

es amor buscando dónde quedarse.


Ya no soy el refugio constante.

Soy la raíz invisible.


El nido no quedó vacío.

Se convirtió en origen.


Y aunque algunos días camine por las paredes,

aunque la casa respire distinto,

hay algo que late fuerte, sereno, profundo:


La niña que no cruzaba la esquina sola

ahora cruza ciudades.


Y yo…

estoy aprendiendo a volar un poco también.


Para esas madres que están pasando lo mismo que yo....


Si estás viviendo el Síndrome del Nido Vacío y sentís que el pecho se te parte entre orgullo y miedo… no estás sola.


No es debilidad.

No es exageración.

Es amor transformándose.


Criamos para que vuelen, pero nadie nos enseña a soltar el nido.


Respira.

Tu hija no se fue de vos.

Se fue desde vos.


Y eso… también es un logro tuyo.


Allison Panizza
28/02/2026