jueves, 6 de agosto de 2026

La otra orilla


 

Hay días en los que la vida decide regalarnos una visión imposible.

De pronto, aquello que siempre estuvo lejos aparece tan cerca que podemos distinguir hasta los detalles más pequeños.

Las ventanas de una casa.

El jardín que la rodea.

Las calles silenciosas.

Los edificios que parecen extenderse hacia el cielo.

Entonces comprendemos que la distancia nunca fue tan grande como imaginábamos.

Solo necesitábamos un lugar distinto desde donde mirar.

Durante mucho tiempo contemplé aquella otra orilla con la fascinación de quien descubre un mundo nuevo.

No sentía envidia.

Ni prisa.

Solo un asombro profundo.

Había belleza al otro lado.

Y, por primera vez, podía verla con absoluta claridad.

Alguien dijo:

—Podríamos cruzar.

Qué sencilla puede parecer una frase.

Y, sin embargo, hay palabras que cambian el paisaje entero.

Porque cruzar nunca significa solamente cambiar de lugar.

Significa dejar atrás una versión de nosotros mismos para permitir que otra comience a existir.

Mientras pensábamos en esa posibilidad, el agua empezó a crecer.

Primero lentamente.

Después con una fuerza imposible de detener.

Lo que hasta hacía un instante era un espejo sereno se convirtió en una inmensidad azul, profunda y silenciosa.

No era un agua turbia.

Era hermosa.

Tan hermosa que daba miedo.

Porque existen bellezas capaces de recordarnos lo pequeños que somos.

En un instante, todo quedó sumergido.

La oscuridad envolvió el camino.

El mundo desapareció detrás de una inmensa cortina de agua.

Y el corazón, como suele hacer cuando no entiende lo que sucede, imaginó el peor de los finales.

Pero hubo un detalle que solo comprendí mucho después.

El agua aún no había entrado.

El refugio seguía intacto.

El peligro todavía no había alcanzado aquello que verdaderamente importaba.

Y, aun así, el miedo ya había escrito su propia historia.

Cuántas veces hacemos lo mismo.

Nos ahogamos en futuros que todavía no existen.

Construimos tormentas antes de que aparezca la primera gota.

Olvidamos que el temor tiene la costumbre de llegar mucho antes que la realidad.

Con el tiempo entendí que aquella otra orilla nunca fue un lugar.

Era una posibilidad.

Una vida diferente.

Una decisión aún no tomada.

Un horizonte que esperaba ser habitado cuando el corazón estuviera preparado para navegarlo.

Porque no siempre estamos llamados a cruzar inmediatamente aquello que la vida nos muestra.

A veces solo necesitamos contemplarlo.

Guardar su belleza.

Y confiar en que, cuando llegue el momento, encontraremos la manera de atravesar las aguas sin olvidar quiénes somos.

Quizás la otra orilla nunca estuvo tan lejos.

Quizás lo único que separaba un mundo del otro era el valor necesario para creer que también podíamos pertenecer allí.


«No todas las aguas profundas vienen a hundirnos; algunas solo aparecen para enseñarnos la inmensidad del horizonte que nos espera.»



Allison Panizza
06/07/2026

viernes, 24 de julio de 2026

Las ventanas invisibles

 


Hay personas que viajan para conocer el mundo.


Yo, sin moverme de casa, empecé a descubrirlo abriendo sobres.


Nunca imaginé que una carta pudiera ser una ventana.


No una ventana hacia un paisaje, sino hacia una conciencia distinta.


Porque un paisaje puede admirarse.


Pero una manera de sentir...


…solo puede habitarse por un instante.


Con cada carta alguien me presta sus ojos.


Y durante unos minutos dejo de ser únicamente yo.


Camino por una playa de Alejandría mientras un hombre me habla del Mediterráneo como si fuera un viejo amigo.


Entro en un bosque español donde el silencio parece tener voz y descubro que hay personas capaces de llevar un café hasta la cima de una montaña solo para compartirlo con el viento.


Cruzo una librería antigua donde un desconocido me habla de los libros usados como si fueran seres vivos, capaces de guardar dos historias al mismo tiempo: la del autor que los escribió y la de quienes dejaron una dedicatoria olvidada entre sus primeras páginas. Entonces comprendo que, a veces, una simple frase escrita para alguien hace cincuenta años sigue esperando al lector que realmente necesitaba encontrarla.


Viajo hasta Francia, donde una mujer reconstruye su árbol genealógico como quien intenta volver a unir las piezas de un espejo antiguo, convencida de que conocer de dónde venimos también ilumina el lugar hacia donde vamos.


Llego a Escocia, donde descubro escritores que jamás habían cruzado mi camino y comprendo que cada cultura es una biblioteca inmensa de la que apenas hemos abierto un par de libros.


Me siento en una cocina de Colombia mientras una psicóloga me recuerda que las grietas no son el final de una historia, sino el lugar exacto por donde empieza a entrar la luz.


Cruzo México, Bolivia, Argentina, Italia... y en cada carta alguien deja sobre la mesa una canción, una receta, una ciudad, una pérdida, un sueño, un miedo o una pregunta.


Y entonces ocurre algo extraño.


Creía que estaba conociendo a los demás.


Pero, en realidad...


ellos estaban revelándome partes de mí que aún no conocía.


Porque cada persona es un espejo construido con una luz diferente.


Y dependiendo de quién tengamos delante, descubrimos un rostro nuevo de nosotros mismos.


Quizás por eso algunas conversaciones nos cambian sin hacer ruido.


No porque nos enseñen algo.


Sino porque iluminan algo que llevaba años esperando dentro de nosotros.


Comprendí que el mundo no está dividido por océanos ni por idiomas.


Está dividido por las historias que todavía no hemos escuchado.


Y cada vez que alguien decide abrirme la puerta de la suya, el mapa que llevo dentro vuelve a dibujarse.


Hoy ya no espero cartas para saber cómo viven otros.


Las espero porque sé que, escondida entre las palabras de un desconocido, puede venir una pregunta que cambie mi forma de mirar la vida.


Al final comprendí que nunca estuve coleccionando correspondencia.


Lo que, sin darme cuenta, empecé a coleccionar fueron pequeñas ventanas hacia el alma humana.


Y descubrí que cada una de ellas, además de mostrarme el mundo...


…abría otra habitación dentro de mí que todavía permanecía cerrada.



«El mundo no está dividido por océanos ni por idiomas. Está dividido por las historias que todavía no hemos escuchado.»


Allison Panizza
24/07/2026

viernes, 17 de julio de 2026

La mujer entre versiones Capítulo 3: La mujer que hizo las paces con el dolor

 


Aquella noche no apareció ninguna puerta.

Ni un tren.

Ni el lugar sin forma.

El viaje comenzó de otra manera.

Sentí que caminaba por un bosque cubierto por una niebla tan suave que el mundo parecía haberse olvidado de los colores.

No había miedo.

Solo silencio.

Los árboles eran altos, antiguos, y entre sus ramas colgaban pequeñas luces, como si las estrellas hubieran decidido descansar cerca de la tierra.

No sabía cuánto tiempo llevaba caminando cuando vi una casa.

Era sencilla.

 No grande.

No lujosa.

Pero tenía algo que jamás había visto en ninguno de los otros mundos.

Transmitía paz.

No la paz de quien nunca sufrió.

La paz de quien dejó de luchar contra lo que no podía cambiar.

Empujé la puerta.

No hizo falta llamar.

Ella ya sabía que iba a llegar.

Estaba sentada junto a una ventana abierta, con un libro sobre las piernas.

Levantó la vista.

Y sonrió.

No con entusiasmo.

Con reconocimiento.

Como si hubiera esperado toda la vida aquel encuentro.

—Llegaste.

Sonreí.

—Parece que todas me estaban esperando.

Ella cerró el libro lentamente.

—Porque todas sabíamos que algún día dejarías de buscar respuestas afuera.

Sus palabras me desconcertaron.

—¿Quién eres?

Ella inclinó apenas la cabeza.

—Soy tú.

La que dejó de pelear con el dolor.

La observé con atención.

Esperaba encontrar una mujer distante.

Fría.

Vacía.

Pero no era ninguna de esas cosas.

Sus ojos seguían brillando cuando hablaba.

Reía con facilidad.

Se emocionaba al mirar los árboles.

Acariciaba las páginas del libro con la misma delicadeza con la que yo lo hacía desde niña.

No había perdido la sensibilidad.

Había perdido el miedo.

—Pensé que ya no sentías nada.

Ella soltó una risa suave.

—Sentir nunca fue el problema.

El problema era creer que cada herida debía quedarse a vivir conmigo.

El viento entró por la ventana.

Movió algunas hojas del jardín.

Ella las observó unos segundos antes de continuar.

—Durante muchos años confundiste profundidad con sufrimiento.

Aquella frase me atravesó.

Porque era verdad.

Había creído que comprender la vida significaba cargarla.

Que amar era resistir.

Que recordar era volver a abrir las heridas.

Ella se acercó.

Tomó mis manos entre las suyas.

—Escúchame bien.

No eres fuerte porque nunca te rompiste.

Eres fuerte porque aprendiste a reconstruirte sin dejar de ser tú.

Bajé la mirada.

Pensé en todas las veces que me había levantado.

En las pérdidas.

En las despedidas.

En las personas que ya no estaban.

En las preguntas que seguían sin respuesta.

—¿Entonces por qué todavía duele a veces?

Ella sonrió con una ternura que solo alguien que ha atravesado el mismo camino puede ofrecer.

—Porque tienes corazón.

El dolor no desaparece.

Solo deja de gobernar la casa.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que intentara detenerlas.

Ella no hizo nada.

No buscó consolarme.

No hacía falta.

Había algo profundamente sanador en permanecer allí, sin necesidad de arreglar nada.

Después de un largo silencio, le hice la pregunta que llevaba tiempo guardando.

—¿Cómo lograste llegar hasta aquí?

Miró el bosque.

Luego el cielo.

Finalmente volvió a mirarme.

—Un día entendí que soltar no era olvidar.

Era dejar de llevar sobre los hombros aquello que ya había cumplido su propósito.

Respiró profundamente.

—Perdoné a quienes nunca me pidieron perdón.

Acepté respuestas que jamás llegaron.

Lloré lo que tenía que llorar.

Y después…

Seguí caminando.

No porque dejara de amar.

Sino porque entendí que el amor también sabe despedirse.

Sentí un alivio inmenso.

No porque hubiera encontrado una versión mejor que yo.

Sino porque, por primera vez, vi una versión posible.

Una mujer que seguía amando los libros.

Que seguía mirando las estrellas.

Que aún se conmovía con la belleza del mundo.

Pero que ya no permitía que cada pérdida decidiera el rumbo de su vida.

Cuando me disponía a marcharme, ella me llamó.

—Espera.

Me di vuelta.

Su sonrisa tenía la serenidad de quien ya no necesita demostrar nada.

—Hay algo que debes saber.

—¿Qué cosa?

Se llevó una mano al pecho.

—La fortaleza no llegó el día en que dejé de caer.

Llegó el día en que dejé de preguntarme si sería capaz de levantarme.

El bosque comenzó a desvanecerse.

Las luces entre los árboles regresaron al cielo.

La casa desapareció lentamente.

Y cuando abrí los ojos en mi habitación, sentí algo diferente.

No había encontrado una mujer incapaz de sentir dolor.

Había encontrado a una mujer que descubrió que el dolor era un visitante.

No el dueño de su hogar.

Y mientras la mañana comenzaba a dibujar la primera luz sobre la ventana, comprendí que quizá todas las versiones de mí misma me habían conducido hasta ella.

No porque fuera la última.

Sino porque era la primera que ya no necesitaba buscarse.


Allison Panizza
17/07/2026