domingo, 8 de febrero de 2026

Entre la Fortaleza y el Valle

 



«A veces los sueños no traen historias.
Traen paisajes.
Y algunos paisajes se quedan viviendo dentro de uno».

 

El sueño empezó con una historia, pero terminó convirtiéndose en un paisaje.

Primero sentí el aire. Ese silencio raro que tienen los lugares altos, donde el viento no suena fuerte, pero todo parece suspendido. Después apareció la piedra. Montañas. Altura. Un acantilado que caía hacia un vacío que no daba miedo, pero sí imponía distancia.

A la derecha estaba la fortaleza.

No era un castillo de cuento. Era una construcción antigua, dura, hecha para resistir. Piedra oscura, pesada, cerrada sobre sí misma. No parecía abandonada, pero tampoco parecía habitada por algo cálido. Era un lugar que existía para protegerse del mundo.

No invitaba. No rechazaba.

Simplemente no necesitaba a nadie.

La montaña la abrazaba como si la hubiera criado.

Y todo a su alrededor era frío, silencioso, contenido.

Un paisaje que no pedía ser mirado, solo respetado.

Pero el sueño no quería que me quedara ahí.

Porque cuando giré la cabeza hacia la izquierda… el mundo cambió de respiración.

El valle no apareció de golpe.

Se abrió.

Como si alguien hubiera corrido una cortina invisible.

El verde era tan intenso que parecía tener luz propia. No era un verde plano; eran capas, sombras, profundidades. El tipo de verde que solo existe cuando la vida está ocurriendo sin esfuerzo.

Era un valle entre montañas, pero no estaba encerrado.

Parecía protegido. Sostenido.

No era silencioso como la fortaleza.

Era vivo de una forma suave.

Como si todo creciera sin hacer ruido.

Había una sensación de amplitud, de aire tibio, de espacio para respirar sin tener que estar alerta. Un lugar donde el cuerpo no necesita tensarse para existir.

Y lo más extraño era esa sensación de cercanía.

Como si el valle no estuviera lejos.

Como si bastara con caminar.

La fortaleza imponía distancia.

El valle ofrecía espacio.

Uno estaba hecho de piedra.

El otro de vida.

Y el sueño se detuvo ahí.

Como si todo lo demás fuera secundario.

Porque lo único que quedó grabado al despertar no fue la historia, ni las personas, ni las palabras.

Fue esa frontera invisible entre dos mundos:

la montaña que se cierra y el valle que respira.

Y la sensación de estar parada justo en el medio.


Allison Panizza
08/02/2026

martes, 3 de febrero de 2026

El Final del Pacto de Silencio






 «El cuerpo no traiciona: habla cuando la
verdad ya no puede seguir siendo tragada.»
  






Tuve un sueño extraño, crudo, imposible de ignorar.

En el sueño estaba enferma, terminal.

La sangre brotaba de mi boca y, con ella, pedazos de carne: algo me había estado devorando por dentro durante demasiado tiempo. No era un dolor quieto; era un cuerpo expulsando lo que ya no podía sostener. Había un medicamento que podía aliviar el sangrado, pero no lograba tragarlo. Nada entraba. Todo era salida. Como si el cuerpo supiera antes que la mente que ya no había lugar para seguir callando.

Y aun así, no estaba postrada.

Caminaba. Vivía.

Iba al almacén a comprar bebida y pan para mis hijos. Pan y bebida: lo mínimo para sostener la vida. Notaba que los envases eran finos, antiguos, como si el tiempo se hubiera replegado sobre sí mismo y yo estuviera usando recursos viejos para sobrevivir. No había placer en ese gesto, solo continuidad. Seguir siendo madre mientras algo, por dentro, se desangra.

En un momento dejé la cartera sobre un tacho de residuos mientras me ataba los cordones. Un viento la levantó y se la llevó. Corrí tras ella. Un muchacho la tomó y salió corriendo. Decían que era un ladrón, pero yo no gritaba venganza. No pedía todo. Solo una cosa:

—Dame los documentos. Quédate con lo demás, pero dame los documentos. Los necesito.

Los documentos no eran dinero.

Eran mi identidad.

Mi derecho a existir, a ser atendida, a ser reconocida como alguien que importa. No tenía tiempo —en el sueño lo sabía— para rehacerlos. Me quedaba poco. No quería morir sin nombre.

Llegué a su casa.

Adentro había una mujer mayor, su abuela, jugando y quitando las sábanas a dos niñas gemelas de unos doce años. Más allá apareció una nena de cuatro, su hermana, que miraba en silencio, como diciendo sin palabras: ¿qué hiciste ahora? Nadie hablaba. Nadie intervenía. Todo era juego, normalidad, rutina. La escena perfecta del secreto.

Fui al cuarto del muchacho, ensangrentada, suplicándole. Le conté mi verdad: que estaba enferma, que necesitaba esos documentos para poder atenderme, que no me quedaba tiempo. Él no decía nada. Entonces lo miré mejor… y vi sangre también en su boca. Sus dientes se habían vuelto redondeados, en punta. Dudé de mí misma.

¿Estoy alucinando o estoy viendo lo que siempre estuvo ahí?

No era un monstruo.

Era una sombra.

La figura del que se alimenta del silencio, del que hereda el no hacerse cargo, del que ocupa un lugar construido con lo no dicho. Y aun así, él también sangraba. Porque el silencio no salva a nadie: solo posterga el daño y lo reparte.

Yo seguía pidiendo mis documentos.

No pedía justicia.

Pedía legitimidad.

No quería castigo. Quería existir completa, antes de que fuera tarde.

Entonces desperté.

Mi gatito, Senku, había saltado sobre mi vientre.

El peso tibio de la vida me devolvió al cuerpo. A lo instintivo. A lo que cuida sin palabras. El centro vital eligió volver.

Y al despertar entendí:

la enfermedad no era muerte, era final de ciclo.

La sangre no era castigo, era liberación.

La carne no era horror, era memoria somática saliendo del cuerpo porque ya no hacía falta retenerla para sobrevivir.

Este sueño no anuncia un fin.

Anuncia un límite.

El final del pacto de silencio.

El momento en que el alma deja de devorarse por dentro y exige sus documentos: su nombre, su voz, su verdad.

No quiero morir sin haber sido yo.

Y ya no voy a seguir tragando lo que me enferma.


Allison Panizza
03/02/2026

domingo, 1 de febrero de 2026

Tomando el té con cuatro maestros (sobre la rabia, la madre y el acto de soltar)

 


“Este texto aborda experiencias
de abuso y vínculos familiares difíciles.”

 


 Tomando el té con Carl Jung, Brian Weiss, Viktor Frankl y Milton Erickson, entendí algo que nadie me había dicho antes:

nadie esperaba que perdonara.

nadie me pedía comprensión.

solo que dejara de cargar lo que nunca fue mío.

 

Jung observaba en silencio, como si mirara el fondo de una taza y no el té.

Dijo que la sombra no desaparece cuando se la niega,

sino cuando se la reconoce sin miedo.

Y entendí que mi rabia no era oscuridad:

era energía detenida por lealtad.

 

Brian Weiss sostuvo la taza como quien sabe que el tiempo no es lineal.

Habló de memorias que no siempre empiezan donde creemos,

pero que se quedan cuando alguien —por amor o por supervivencia—

se hace cargo de lo que otros no pudieron sostener.

Yo me hice cargo.

Demasiado pronto.

Demasiado sola.

 

Durante años creí que algo en mí estaba mal.

Que exageraba.

Que debía entender.

Que callar era madurar.

 

Pero no.

Callar fue sobrevivir.

 

Milton Erickson, con esa forma suya de decir sin imponer,

me recordó que el cuerpo nunca olvida el momento exacto

en que aprendió a callar para estar a salvo.

Y también recuerda cuándo el peligro ya pasó.

 

La garganta guarda verdades no dichas.

No por cobardía, sino por miedo a las consecuencias.

El problema es que a veces seguimos pagando consecuencias

cuando ya no existen.

 

Viktor Frankl fue el único que habló de sentido.

No del sentido del dolor —eso sería una crueldad—

sino del sentido de decidir qué no seguir cargando.

 

Y ahí lo vi claro.

 

No devuelvo amor.

No devuelvo recuerdos.

Devuelvo responsabilidades.

 

Devuelvo el silencio impuesto.

Devuelvo la mentira sostenida.

Devuelvo la carga de proteger a quien debía protegerme.

 

No con odio.

Con límites.

 

Hoy no me despido de una persona.

Me despido de una espera.

 

La espera de que me eligieran.

La espera de que se hicieran cargo.

La espera de que la verdad importara.

 

Bajarme de ese lugar duele.

Pero quedarme ahí me destruye.

 

Y por primera vez, sin épica y sin ruido,

me pongo de mi lado.

 

No como acto de rebeldía,

sino como acto de salud.

 

Quizás alguien que lea esto

también esté sosteniendo una carga ajena

desde hace demasiado tiempo.

 

Si es así, ojalá estas palabras sirvan

no para empujar,

sino para dar permiso.

 

Allison Panizza
01/01/2026