Hay sueños que parecen no tener ninguna lógica cuando despertamos.
Este era uno de ellos.
Comenzaba en una terminal.
Estábamos allí porque íbamos a ver partir un barco nuevo. Había gente, movimiento, voces conocidas y desconocidas. Pablo estaba conmigo, también algunos compañeros de trabajo de él.
Todo parecía normal hasta que alguien gritó:
—¡Cierren las compuertas!
No entendí por qué.
Estábamos abajo, demasiado abajo.
Y entonces apareció el agua.
Primero fue apenas un poco. Después comenzó a entrar con una rapidez que convirtió aquel lugar en una trampa.
Sentí miedo.
Un miedo primitivo, de esos que no necesitan explicaciones.
No quería quedar atrapada. No quería morir ahogada.
Busqué una salida.
Corrí.
No recuerdo exactamente por dónde salimos, pero salimos.
El aire volvió a entrar en mis pulmones y pensé que lo peor había pasado.
Pero los sueños no suelen pedir permiso para cambiar de historia.
Entonces apareció un rumor.
Algo que alguien había dicho sobre Adriana. Una historia extraña, confusa, imposible de comprobar.
Las palabras comenzaron a pasar de una persona a otra hasta que, como suele ocurrir con los rumores, dejaron de parecer un rumor y adquirieron una extraña apariencia de verdad.
Y entonces ocurrió algo todavía más absurdo.
Adriana apareció con una daga.
Y se la clavó a Pablo en el pecho.
No recuerdo haber gritado.
No recuerdo siquiera haber tenido tiempo de asustarme.
Porque, de pronto, cinco cachorros Golden blancos y uno de color crema pasaron corriendo delante de nosotros.
Pequeños.
Desordenados.
Felices.
Como si el mundo no acabara de volverse peligroso.
Fuimos detrás de ellos.
Y corrimos.
Corrimos hasta encontrarnos dentro de una balsa, atravesando un río.
Para llegar a la otra orilla había que hacer algo todavía más extraño: saltar sobre una cama elástica y, desde allí, caer sobre un colchón inflable.
No había puente.
No había camino.
Solo había que confiar en el salto.
Y salté.
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Después estaba en Sarandí del Yi.
Senku se había escapado.
Lo vi meterse entre las cañas, avanzando hacia la casa de Graciela.
Fui detrás de él.
Pensaba en atraparlo, en traerlo de vuelta, en preguntarme cómo había conseguido llegar hasta allí.
Pero cuando finalmente lo encontré, descubrí algo que yo no sabía.
Frente a él había un gatito negro.
Se miraron.
No había miedo.
Parecía que se conocían.
Parecía que habían sido amigos desde antes de que yo supiera de la existencia del otro.
Me quedé mirándolos.
Y por un instante pensé que quizá no todo lo que se escapa está perdido.
Quizá algunas cosas simplemente encuentran caminos que nosotros desconocemos.
Entré entonces a la casa de Graciela.
Pero ya no era la casa de Graciela.
Era una escuela italiana.
Había pupitres, niños, una maestra inquieta esperando comenzar la clase y un hombre que vendía pequeñas figuras hechas con plastilina.
Decía que lo hacía para conseguir dinero para que su hija pudiera estudiar allí.
Los compradores eran niños.
Todo era extraño.
Pero nadie parecía encontrarlo extraño.
La maestra finalmente dijo:
—Siéntense. En el recreo pueden vender.
Y yo me senté.
Después de correr, escapar, cruzar ríos y perseguir gatos, por fin estaba quieta.
Saqué mi lapicera.
Era una lapicera artesanal de Colonia.
La dejé sobre el pupitre.
Solo por un momento.
Cuando volví a mirarla, el hombre de la plastilina la estaba tocando.
—Es mía —dijo.
Lo miré.
—No. Es mía.
—Es mía.
Sentí que algo dentro de mí se encendía.
—Señor, es mía. Es de Colonia.
Pero él insistía.
La miraba como si pudiera convertir su mentira en verdad simplemente repitiéndola.
Entonces le dije:
—Usted hace plastilina con formas. No invente.
Comenzamos a discutir.
Él quería quitármela.
Yo no pensaba dejarla.
Y entonces comprendí que, en aquel sueño absurdo, había algo que no era absurdo en absoluto.
Había pasado por el agua.
Sentido miedo.
Visto a Pablo herido.
Corrido detrás de cachorros.
Cruzado un río de una manera imposible.
Seguido a Senku entre las cañas.
Descubierto que tenía un amigo que yo no conocía.
Entrado en una escuela italiana que antes había sido la casa de Graciela.
Y ahora alguien pretendía decirme que aquello que yo reconocía como mío nunca me había pertenecido.
Apreté la lapicera entre mis dedos.
Y esta vez no sentí miedo.
Porque hay cosas que no necesitamos que nadie nos explique.
No necesitamos documentos.
No necesitamos permisos.
No necesitamos que otro las reconozca para saber que forman parte de nosotros.
Las sabemos nuestras porque las hemos llevado con nosotros.
Porque tienen nuestra historia.
Porque vienen de un lugar que también nos pertenece.
Quizás la vida sea un poco así.
A veces entramos en lugares donde el agua sube demasiado rápido.
A veces tenemos que saltar sin saber exactamente dónde vamos a caer.
A veces quienes amamos toman caminos que desconocíamos.
A veces encontramos amistades inesperadas entre las cañas.
Y a veces alguien intenta apropiarse de algo que llevamos dentro desde hace mucho tiempo.
Entonces solamente queda reconocerlo.
Tomarlo entre las manos.
Y decir, sin gritar, sin miedo y sin necesidad de convencer a nadie:
—No. Esto es mío.
Y desperté.
«No todo lo que se escapa está perdido.
Y no todo lo que alguien reclama le pertenece».
Allison Panizza
01/10/2026
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