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martes, 17 de febrero de 2026

La Confirmación

 


No duele lo que pasó hoy.

Duele que vuelve a demostrar quién es… conmigo.

Lo que me está atravesando ahora no es exagerado. Es la reacción de una herida que reconoció el golpe antes de que mi mente pudiera explicarlo. No es solo rabia. Es ese cansancio profundo que aparece cuando algo vuelve a repetirse y ya no queda espacio para sorprenderse.

No me duele el hecho aislado.

Me duele la confirmación.

Me duele sentir que mi intimidad no es un lugar seguro.

Me duele volver a sentirme expuesta.

Me duele esa sensación conocida de no ser protegida.

Me duele que, otra vez, otros parezcan estar antes que yo.

En el fondo aparece una frase que ya conozco demasiado:

otra vez no me cuidaron.

Y esa frase no vive solo en hoy. Vive en toda la historia que la sostiene. Por eso pesa tanto. Por eso el cuerpo reacciona como si todo estuviera pasando al mismo tiempo.

Una parte de mí ya entendió algo difícil: no va a cambiar. Y cuando esa certeza aparece, las ganas de confrontar desaparecen. No porque no duela, sino porque el corazón deja de esperar. Pero la emoción sigue ahí, sin salida, girando en silencio.

La rabia está, sí. Pero hoy está cansada. Hoy no quiere pelear. Hoy solo quiere que esto deje de doler.

Hay algo que cuesta aceptar: esto no abrió la herida. La confirmó. Y confirmar lo que temíamos suele doler más que descubrirlo por primera vez, porque ahí termina de caer la última esperanza.

Estoy viviendo demasiado al mismo tiempo. Soltar lo que ya se estaba yendo… y aceptar lo que nunca fue como necesitaba. Dos duelos chocando en el mismo pecho.

No es bloqueo.

Es sobrecarga.

Hoy no tengo que resolver nada.

No tengo que sanar nada.

No tengo que entender nada.

Hoy solo estoy herida.

Y permitirme descansar dentro de este dolor también es una forma de cuidarme.


Allison Panizza
17/02/2026

domingo, 1 de febrero de 2026

Tomando el té con cuatro maestros (sobre la rabia, la madre y el acto de soltar)

 


“Este texto aborda experiencias
de abuso y vínculos familiares difíciles.”

 


 Tomando el té con Carl Jung, Brian Weiss, Viktor Frankl y Milton Erickson, entendí algo que nadie me había dicho antes:

nadie esperaba que perdonara.

nadie me pedía comprensión.

solo que dejara de cargar lo que nunca fue mío.

 

Jung observaba en silencio, como si mirara el fondo de una taza y no el té.

Dijo que la sombra no desaparece cuando se la niega,

sino cuando se la reconoce sin miedo.

Y entendí que mi rabia no era oscuridad:

era energía detenida por lealtad.

 

Brian Weiss sostuvo la taza como quien sabe que el tiempo no es lineal.

Habló de memorias que no siempre empiezan donde creemos,

pero que se quedan cuando alguien —por amor o por supervivencia—

se hace cargo de lo que otros no pudieron sostener.

Yo me hice cargo.

Demasiado pronto.

Demasiado sola.

 

Durante años creí que algo en mí estaba mal.

Que exageraba.

Que debía entender.

Que callar era madurar.

 

Pero no.

Callar fue sobrevivir.

 

Milton Erickson, con esa forma suya de decir sin imponer,

me recordó que el cuerpo nunca olvida el momento exacto

en que aprendió a callar para estar a salvo.

Y también recuerda cuándo el peligro ya pasó.

 

La garganta guarda verdades no dichas.

No por cobardía, sino por miedo a las consecuencias.

El problema es que a veces seguimos pagando consecuencias

cuando ya no existen.

 

Viktor Frankl fue el único que habló de sentido.

No del sentido del dolor —eso sería una crueldad—

sino del sentido de decidir qué no seguir cargando.

 

Y ahí lo vi claro.

 

No devuelvo amor.

No devuelvo recuerdos.

Devuelvo responsabilidades.

 

Devuelvo el silencio impuesto.

Devuelvo la mentira sostenida.

Devuelvo la carga de proteger a quien debía protegerme.

 

No con odio.

Con límites.

 

Hoy no me despido de una persona.

Me despido de una espera.

 

La espera de que me eligieran.

La espera de que se hicieran cargo.

La espera de que la verdad importara.

 

Bajarme de ese lugar duele.

Pero quedarme ahí me destruye.

 

Y por primera vez, sin épica y sin ruido,

me pongo de mi lado.

 

No como acto de rebeldía,

sino como acto de salud.

 

Quizás alguien que lea esto

también esté sosteniendo una carga ajena

desde hace demasiado tiempo.

 

Si es así, ojalá estas palabras sirvan

no para empujar,

sino para dar permiso.

 

Allison Panizza
01/01/2026