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viernes, 24 de abril de 2026

La niña del mar y la tortuga

 Memorias de la infancia
«Guardo esta historia como quien guarda un tesoro...
porque en ella vive una parte de mi niña»

 


Había una vez un niño que pasaba los veranos en la playa, entre el sonido de las olas y el viento suave que traía secretos del mar.

Un día, mientras caminaba solo, vio algo moverse cerca del agua.

Era una tortuga.

No parecía asustada. Al contrario… lo miraba, como si lo estuviera esperando.

El niño se acercó, y entonces la vio.

Una niña.

Estaba de pie, a unos metros, con el cabello húmedo pegado a la piel y los ojos profundos como el océano. No sonreía, pero tampoco parecía triste. Solo… estaba.

—¿Es tuya? —preguntó él, señalando la tortuga.

La niña negó suavemente.

—Ella no es de nadie —respondió en voz baja—. Solo viene cuando tiene que venir.

Desde ese día, comenzaron a verse.

Siempre cerca del mar.

Siempre con la tortuga.

La niña hablaba poco, pero cuando lo hacía, sus palabras parecían venir de otro lugar. A veces desaparecía por días, y luego volvía como si nada hubiera pasado.

Un día, antes de irse, le dio un pequeño collar.

—Para que puedas encontrarme —le dijo.

Y así fue.

Cada vez que el niño lo llevaba puesto… ella aparecía.

Los años pasaron.

El niño creció, tuvo amigos, una vida… pero nunca dejó de volver a la playa.

Y siempre que volvía… ella estaba ahí.

Igual.

Sin cambiar.

Como si el tiempo no la tocara.

Pero algo empezó a cambiar.

Algunas personas comenzaron a verla.

Y cuando la veían… gritaban.

Decían que sus ojos brillaban.

Que no eran ojos humanos.

Una vez, uno de los amigos del joven la miró directamente… y cayó al suelo.

Nadie pudo explicarlo.

Desde ese día, el miedo empezó a rodearla.

—¿Qué sos? —le preguntó él una noche, con el corazón temblando.

Ella lo miró en silencio.

—Soy lo que queda… cuando el alma no se va del todo.

El joven entendió entonces lo que siempre había estado frente a él.

Ella no pertenecía a su mundo.

Nunca lo había hecho.

El último encuentro fue al atardecer.

El mar estaba calmo.

La tortuga los observaba desde la orilla.

—No puedes quedarte —dijo él, con lágrimas contenidas.

Ella negó suavemente.

—Nunca me fui —respondió—. Sos vos el que tiene que seguir.

El joven miró el collar en su mano.


El pequeño objeto que los había unido durante toda su vida.


Respiró hondo… y lo lanzó al mar.


El agua lo recibió en silencio.


La tortuga nadó lentamente… y lo tomó.

La niña dio un paso atrás.


Sus ojos brillaron una última vez.


Pero ya no daban miedo.


Solo eran… luz.


Y entonces desapareció.


El joven quedó solo.


El mar seguía ahí.

El viento también.


Pero algo había cambiado.


Dicen que esa noche, mientras el sol se escondía, una voz suave se escuchó entre las olas: «El alma no desaparece… solo aprende a soltar.»


Y en lo profundo del océano,
una tortuga nada eternamente,
guardando los lazos que alguna vez unieron dos mundos.



Reflexión

Hoy, al volver a esta historia que me habitó desde niña, entiendo que no era solo algo que veía…

era una forma de sentir.

Desde chica me atraían los misterios, lo invisible, los lazos que no se pueden explicar con palabras. Siempre hubo en mí una sensibilidad especial hacia lo espiritual, hacia esos amores que parecen venir de otro tiempo, de otro lugar.

Quizás por eso esta historia se quedó conmigo.

Porque hablaba de encuentros que no son casuales, de almas que se reconocen, y de lo más difícil de todo… aprender a soltar.

Hoy la miro con otros ojos, pero la emoción sigue siendo la misma.

Y en algún rincón de mi interior, esa niña que fui sigue sentada frente al mar… creyendo en lo eterno, en lo invisible, y en que hay historias que no terminan, solo se transforman.


— Fragmento de mi memoria


Allison Panizza
24/04/2026

viernes, 12 de diciembre de 2025

Hay personas que...

 


Hay personas que no soportan ver a otros brillar. Les incomoda la alegría ajena, les molesta la paz que uno construye. Es tanta su envidia y su mala vibra, que casi celebran cada vez que creen que te puede ir mal. Hay quienes viven de la contienda, del conflicto, de inventar dramas donde no los hay, porque su mundo interior está hecho de carencias.

También existen los manipuladores, esos que piensan que una es ingenua, que no se da cuenta, que va a dejarse manejar como si no tuviera voz ni criterio. Y están los que se creen sus propias mentiras, los que disfrazan malicia de preocupación, los que intentan arrastrarte a su caos para no sentirse solos en él.

Pero llega un momento en la vida en que una se para firme. Una reconoce quién es, qué merece y a quién elige cuidar. Y ahí es donde muchas máscaras se caen.

Yo ya elegí: mi paz, mi hogar, mi camino, mi matrimonio. Nadie va a separarme de lo que construí con amor, ni a nublar mi claridad con manipulación, ni a empujarme a un lugar que no me pertenece.

Porque quien vive de la oscuridad siempre intenta apagar la luz ajena…

pero la mía, por más que les pese, no se apaga más.


Allison Panizza
12/12/2025

viernes, 6 de junio de 2025

El arte lunar de mantenerse entero

 


Lidiar con personas que no razonan, no escuchan, que pisotean las emociones ajenas con la torpeza del ego inflado,

puede ser una prueba especialmente dura para alguien nacido bajo el signo de Cáncer.


Este ser lunar no solo siente: habita el sentir.

No solo recuerda: revive.

Su memoria emocional es una marea antigua que lo recorre por dentro como un canto de abuelas olvidadas.


El cangrejo absorbe.

Y cuando la vida lo enfrenta a la necedad emocional, no es un simple roce del día:

es una batalla entre su instinto de nutrir y su necesidad de protegerse.

Porque incluso cuando el otro no lo merece, su alma generosa quiere comprender.

Y eso... lo desgasta.


Pero el cangrejo tiene un secreto: su coraza no es cobardía, es sabiduría.

Por fuera puede parecer melancólico, pero por dentro late una voluntad que ha cruzado océanos sin romperse.

Su espíritu es antiguo, salvaje, ancestral.


Tratar con idiotas, para él, es más que un reto mental:

es un ejercicio espiritual.


Porque el idiota no es simplemente quien ignora,

sino quien desprecia la empatía,

quien exige explicaciones sin querer entenderlas,

quien hiere con ligereza y luego se refugia en la burla.


Para el cangrejo, ellos representan una amenaza a su esencia...

pero también, un maestro disfrazado.


Y entonces, aprende.

A poner límites sin culpas.

A decir “no” sin explicarse.

A elegir el silencio como espada.

Porque no todo merece energía.

Porque hay lugares donde su alma no tiene que entrar.

Y eso no es crueldad: es autocuidado.


El cangrejo tiene una verdad que no necesita gritar.

Una emoción que no se discute: se siente.

Y cuando habla desde allí, desarma.


A veces, la mejor respuesta es una sonrisa sutil,

una frase ambigua,

una retirada elegante que pesa más que mil discusiones.


Tratar con idiotas agota, sí.

Pero también fortalece.

Cada decepción es un ladrillo en su castillo interior.

Cada herida se convierte en canción de poder.


Porque el cangrejo no se vuelve piedra:

se vuelve río que elige por dónde fluir.


Su sensibilidad no es debilidad:

es brújula.


Y cuando se reconoce a sí mismo,

cuando se nombra con la voz temblorosa de quien ha sanado a solas,

no hay estupidez ajena que lo apague.


Su alma, profunda y silente,

solo la entienden quienes también han aprendido

a habitar el abismo sin perder la luz.


Allison Panizza
06/06/2025

jueves, 5 de diciembre de 2024

Muriendo en Vida

 


Estoy viviendo un calvario,

muriendo en vida, no puedo más.

Mis noches son mi tormento,

mi cuerpo pide descanso, ya no razono,

mi cuerpo no reacciona.


Necesito una pequeña luz,

algo que me ilumine,

ya no puedo más, ya no es vida.

Necesito descansar,

ilumíname porque esto no es vida.


Entre sombras y vacío,

mi alma suplica un respiro.

En la penumbra de mi ser,

anhelo encontrar el amanecer.


Que la luz llegue a mis pasos,

que el descanso bese mi ser.

Porque en este calvario infinito,

la esperanza es lo último que puedo creer.


Allison Panizza
05/12/2024