miércoles, 21 de octubre de 2026

La mujer entre versiones Capítulo IV: El lago de los recuerdos



No todos los portales conducían hacia otras vidas.


Algunos permanecían ocultos en lugares mucho más cercanos, detrás de una puerta que nunca habíamos vuelto a abrir, en el aroma de una casa que ya no existe o en la forma particular en que la luz de la tarde acaricia un recuerdo.


Aquella vez, llegué hasta un lago.


No recordaba haber caminado demasiado para encontrarlo. Simplemente, después de atravesar un sendero bordeado de árboles antiguos, el paisaje se había abierto ante mí, revelando una extensión de agua tan serena que parecía contener el silencio de todos los tiempos.


No había viento.


La superficie permanecía inmóvil, como un espejo que aguardara pacientemente a alguien.


Me acerqué a la orilla, pero no tuve deseos de tocar el agua. Algo en aquel lugar me indicaba que no debía perturbarlo. Que bastaba con estar allí, mirar y permitir que las cosas sucedieran.


Entonces, el lago comenzó a recordar por mi.


Primero aparecieron destellos, imágenes fugaces que se desvanecían antes de que pudiera reconocerlas. Una calle, una ventana, una tarde cualquiera. Después, la superficie se iluminó con una claridad diferente y el paisaje que emergió de sus aguas me arrancó una sonrisa.


La Z.


La estancia de mis primos.


Sentí que algo cálido se acomodaba dentro de mi pecho. No era tristeza, tampoco aquella nostalgia que a veces nos hace desear regresar desesperadamente a un tiempo perdido. Era una paz dulce, acompañada de una gratitud que no necesita palabras.


El lago me devolvía una infancia entera.


Allí estaba el patio, inmenso bajo la mirada de una niña de diez años. Y en el centro, aquel ombú gigantesco que, para los ojos adultos, quizá no fuera más que un árbol extraordinario, pero que para nosotros había sido una nave espacial.


Graciano era el comandante.


Matías, con sus cuatro años, ocupaba el puesto de copiloto.


Y yo también viajaba con ellos, atravesando galaxias imaginarias sin abandonar jamás aquel patio de tierra.


Podía verlos. Escucharlos.


El ombú se transformaba en una nave capaz de llegar a mundos desconocidos, y nada parecía imposible mientras los tres permaneciéramos juntos.


Después aparecieron los huevos recién recogidos, el granero y aquella máquina en la que desgranaríamos el choclo. Graciano, con apenas cinco años, podía darle la vuelta, mientras yo, que era más grande, apenas conseguía moverla.


Sonrió al recordar.


Había cosas que el tiempo no podía corregir porque nunca habían necesitado ser corregidas.


Hasta aquella pequeña derrota frente a la máquina formaba parte de la felicidad.


Entonces, el lago me mostró los viernes.


El final de la jornada escolar. La leche tomada a toda prisa. Oscar llegando para buscarme y llevarme a la Z. El fin de semana extendiéndose ante mi como un territorio propio, hasta que el domingo, al caer la tarde, llegaba la hora de regresar.


Y el lunes volvía al colegio, con la certeza de que la vida tenía un lugar al que podía regresar.


Permanecí inmóvil.


De pronto comprendí que no extrañaba solamente una estancia, unos juegos o una época en la que el mundo parecía más sencillo.


Extrañaba también aquella forma de pertenecer.


La libertad de ser niña. La seguridad de saberse esperada. La alegría de encontrar, al final de la semana, un pequeño universo en el que todo lo importante cabía dentro de un patio, alrededor de un ombú.


El lago no me ofrecía regresar.


Me permitía comprender.


Y quizá aquella fuera una forma más profunda de volver.


Las imágenes cambiaron lentamente. La estancia se alejó, el patio desapareció y, en su lugar, surgió el rostro de una mujer.


Diamantina.


Mi abuela.


Sentí que el silencio se volvía más hondo.


No necesitaba que el lago me explicara quién había sido aquella mujer. Había lugares en el corazón donde las palabras llegaban tarde, porque el amor ya había contado la historia muchas veces.


Diamantina había sido el pilar de una familia numerosa, una de esas presencias alrededor de las cuales se organiza la vida de los demás. Después de la separación de mis padres, cuando apenas tenía dos años, la casa de mi abuela se convirtió también en mi hogar.


Había crecido a su lado.


Y cuando alguien ocupa un lugar tan profundo en nuestra infancia, su ausencia no se limita a dejar un vacío. También modifica el paisaje interior desde el que aprendimos a mirar el mundo.


Contemple su rostro reflejado en el agua.


No intente acercarme.


No quise llamarla, pedirle que regresara ni preguntarle por qué la vida se llevaba a quienes habían sido tan importantes.


Solo la miré.


Y en aquella mirada había amor, gratitud y una paz profunda. No necesitaba pedirle que regresara ni encontrar palabras para explicar lo que sentía. De alguna manera, sabía que el vínculo que nos había unido seguía formando parte de mí. Había presencias que no necesitaban ser vistas para sentirse cerca, y la de mi abuela era una de ellas.


Comprendí que algunas personas dejan de estar a nuestro lado, pero continúan formando parte de la arquitectura invisible de quienes somos.


Están en nuestras decisiones, en las cosas que protegemos, en la manera en que amamos y hasta en los caminos que elegimos recorrer lejos de ellas.


El lago volvió a quedarse quieto.


Pensé en todas las vidas que habría podido vivir, en las decisiones que me habían conducido hasta allí y en los senderos que nunca había tomado.


¿Cuántas versiones de mí misma habrían crecido en otros lugares?


¿Cuántas habrían conocido otras personas, elegido otros amores, habitado otras casas?


¿Habría sido feliz de la misma manera?


No encontré respuestas.


Y, por primera vez, no sentí que necesitara encontrarlas.


Tal vez los recuerdos no estaban allí para demostrarnos que una vida fue mejor que otra. Tal vez solo nos permitían reconocer las huellas que ciertos lugares y ciertas personas habían dejado en nosotros.


Después de todo, comprender el pasado no significaba quedarse a vivir en él.


Podía amar aquella infancia sin intentar recuperarla. Podía agradecer lo que había recibido sin exigirle al presente que se pareciera a aquellos días. Podía seguir adelante sin renunciar a ninguna de las personas que habían formado parte de mi historia.


El pasado no era un camino al que debía regresar.


Era una parte de mí misma que podía llevar conmigo.


Cuando me dispuse a marcharme, algo cambió en el centro del lago.


No fue una ola ni un destello de luz.


Fue una imagen nueva.


Me detuve.


La superficie ya no reflejaba la estancia, el patio de mi infancia ni el rostro de la abuela.


Ahora mostraba un lugar que no reconocía.


Había una casa pequeña, rodeada de árboles, y una ventana abierta por la que entraba la luz dorada del atardecer. Sobre una mesa descansaban varios libros. Junto a ellos había una taza y un cuaderno abierto.


Entonces vi a una mujer sentada frente a la ventana.


No podía distinguir sus facciones, pero reconocí la postura, la inclinación de la cabeza, la manera de sostener el lápiz entre los dedos.


Era yo.


O, al menos, alguien que se parecía demasiado.


La mujer escribió unas palabras en el cuaderno, levantó la mirada y pareció observar algo más allá de la ventana.


Después sonrió.


Sentí un estremecimiento.


Aquella escena no pertenecía a ninguno de mis recuerdos.


No era una vida que hubiera perdido ni un instante de mi pasado que hubiera olvidado.


Era algo que todavía no había sucedido.


El lago había dejado de mostrarme lo que fui.


Ahora me mostraba algo que aún no podía comprender.


Me acerque un paso, intrigada, pero la imagen comenzó a desvanecerse. La casa se volvió transparente, los árboles se disolvieron en la luz y la mujer desapareció sin dejar más que una última imagen: el cuaderno abierto sobre la mesa.


En una de sus páginas había una frase.


No alcance a leerla.


El agua recuperó su quietud.


Durante unos segundos, permanecí allí, contemplando mi propio reflejo. Después sonreí, con esa mezcla de asombro y curiosidad que siempre me ha acompañado ante los misterios que no se dejan resolver fácilmente.


Quizá el lago no me había mostrado un recuerdo.


Quizá tampoco me había revelado una respuesta.


Tal vez solo me había recordado que la vida todavía guardaba rincones desconocidos, incluso para quienes llevaban toda una existencia intentando comprenderlo.


Me aleje de la orilla sin mirar atrás.


Ya no necesitaba regresar a la Z para saber que había sido feliz allí. Ni recuperar la presencia de mi abuela para reconocer cuánto de ella seguía viviendo en mi interior.


Los recuerdos me habían devuelto mis raíces.


Pero el camino continuaba hacia adelante.


Y mientras me internaba nuevamente en el sendero, una pregunta comenzó a acompañarme, suave y persistente:


«Si el pasado puede volver a visitarnos cuando lo necesitamos… ¿Quién había decidido mostrarme un futuro que todavía no existía?»


Por primera vez, el misterio no estaba detrás de mí.


Me esperaba más adelante.


Allison Panizza
21/10/2026

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