martes, 14 de julio de 2026

La mujer que llevaba mi rostro


 

Volví a encontrarme con alguien que había quedado detenido en el tiempo.

No era el muchacho de la adolescencia que alguna vez conocí.

Era un hombre distinto.

Vestía de negro con una elegancia que nunca antes le había visto. Caminaba con la serenidad de quien ya no necesita demostrar nada. Parecía haber atravesado los años igual que un río atraviesa la piedra: dejando marcas, pero también profundidad.

Entre nosotros no había reproches.

Solo un extraño juego.

Me pidió que recordara un número interminable.

Lo observé desfilar delante de mis ojos intentando retenerlo, pero apenas pude guardar unos pocos dígitos. El resto se perdió como se pierden tantas cosas cuando el tiempo decide quedarse solo con lo esencial.

Quizás la memoria nunca estuvo hecha para conservarlo todo.

Quizás solo guarda aquello que todavía tiene algo para enseñarnos.

Entonces todo cambió.

Alguien entró en su casa.

Era una mujer con mi mismo rostro.

Con mis mismos gestos.

Con mi misma voz.

Pero no era yo.

Tomó cosas que no le pertenecían, rompió aquello que encontraba a su paso y desapareció dejando detrás un desastre que llevaba mi nombre.

La culpa cayó sobre mí antes de que pudiera defenderme.

La policía llegó.

Las miradas ya tenían una sentencia escrita.

Porque pocas cosas pesan tanto como ser confundidos con una versión de nosotros que hace tiempo dejó de existir.

Después ocurrió lo impensable.

Aquella mujer, la que llevaba mi rostro sin ser yo, arrebató la vida de lo más valioso que tenía.

Y el mundo se detuvo.

No encontré lágrimas.

Solo un vacío imposible de nombrar.

Él comprendió la verdad.

Retiró la denuncia.

Pidió perdón.

Y mientras lo escuchaba, una frase buscaba salir de mi pecho.

«Yo jamás te habría hecho daño.»

Pero nunca la pronuncié.

Porque algunas verdades no necesitan ser dichas cuando el corazón ya las conoce.

Entonces emprendí una búsqueda.

No para encontrar culpables.

Sino para comprender quién era aquella mujer que caminaba con mi cara y tomaba decisiones que jamás habría tomado.

Y fue ahí donde entendí.

Todos cargamos con versiones antiguas de nosotros mismos.

Versiones nacidas del miedo.

Del abandono.

De las heridas que aún no sabían cómo sanar.

A veces ellas rompen lo que nosotros intentamos cuidar.

A veces dejan consecuencias que seguimos creyendo nuestras.

Pero llega un momento en que es necesario mirarlas de frente.

No para castigarlas.

Sino para despedirlas.

Porque seguir viviendo como si todavía fuéramos esa persona... también es una forma de condenarnos.

Y ninguna transformación verdadera ocurre mientras continuemos confundiendo nuestro presente con la sombra de quien alguna vez fuimos.

No fue otra persona quien cambió mi destino. Fue el día en que dejé de creer que seguía siendo la misma de ayer.



Allison Panizza
04/07/2026

No hay comentarios:

Publicar un comentario