¿Qué ocurre con las decisiones que no tomamos?
¿Desaparecen para siempre o continúan viviendo en algún rincón del universo, esperando que algún día nos atrevamos a mirarlas de frente?
A veces, las vidas que no vivimos tienen algo que decirnos.
La segunda vez que ocurrió, ya no sentí miedo.
Reconocí la sensación apenas apareció.
Era ese instante extraño entre el sueño y la vigilia, cuando el cuerpo duerme pero algo dentro de uno permanece despierto.
Abrí los ojos.
O creí abrirlos.
Frente a mí había una estación de tren.
Antigua.
Silenciosa.
Las paredes estaban cubiertas por relojes detenidos, cada uno marcando una hora diferente.
Ninguno avanzaba.
Ninguno retrocedía.
Simplemente existían.
Como si el tiempo hubiera decidido descansar.
Me puse de pie y observé los andenes.
Había decenas.
Quizás cientos.
Y sobre cada uno, una placa.
«No aceptó aquel trabajo.»
«No respondió aquel mensaje.»
"No se mudó."
«Se quedó.»
«Se fue.»
«Perdonó.»
«No perdonó.»
Sentí un escalofrío.
Aquellos no eran destinos.
Eran decisiones.
Mi vida convertida en caminos.
Mi historia dividida en infinitas posibilidades.
—Bienvenida de nuevo.
Reconocí la voz antes de verla.
Era ella.
La mujer que había encontrado en el lugar sin forma.
La primera versión.
La guardiana.
La que parecía conocer todos los caminos.
—¿Dónde estamos?
—En la estación de las vidas que casi fueron.
—¿Existen todas?
Ella sonrió.
—La pregunta correcta es otra.
—¿Cuál?
—¿Por qué sigues pensando en ellas?
No respondí.
Porque conocía la respuesta.
Todos tenemos una decisión que continúa viviendo dentro de nosotros.
Una puerta que nunca dejamos de mirar.
Un «¿y si...?» que permanece encendido incluso después de muchos años.
Ella me observó en silencio.
Como si pudiera escuchar mis pensamientos.
—Hay alguien que quiere verte.
Señaló uno de los andenes.
Un tren aguardaba allí.
Su vagón era azul oscuro.
Tenía las ventanas iluminadas.
Y sobre la puerta una inscripción sencilla.
«La vida que elegiste abandonar.»
Mi corazón comenzó a latir más fuerte.
—No sé si quiero subir.
—Por supuesto que no.
—¿Entonces por qué vine?
La mujer sonrió.
—Porque llevas años intentando hacerlo.
El tren abrió sus puertas.
Y comprendí que tenía razón.
Subí.
El viaje duró apenas unos segundos.
O quizás una vida.
Es difícil saberlo en lugares donde el tiempo no existe.
Cuando descendí, encontré una ciudad.
Era hermosa.
Calles limpias.
Árboles altos.
Casas con jardines.
El aire tenía el aroma de las mañanas tranquilas.
Y entonces la vi.
Estaba sentada en una terraza.
Tomando café.
Leyendo un libro.
Parecía feliz.
No.
Parecía exactamente como yo imaginaba la felicidad.
Sentí una punzada inmediata.
Aquella mujer tenía la vida que durante años había soñado.
La casa.
La estabilidad.
La calma.
Las cosas que yo había deseado tantas veces.
Por un momento quise marcharme.
Porque comprendí algo doloroso.
No estaba preparada para confirmar que había tomado la decisión equivocada.
Pero ella levantó la vista.
Y me vio.
Como si hubiera estado esperándome.
No parecía sorprendida.
Ni asustada.
Solo cansada.
Extrañamente cansada.
—Por fin llegaste.
Otra vez esa frase.
Otra vez la sensación de ser esperada.
Me senté frente a ella.
Durante unos segundos ninguna habló.
Nos observamos.
Dos espejos reflejando distintas tormentas.
—Así que tú eres la versión feliz —dije.
Ella soltó una carcajada.
La primera carcajada sincera que escuché desde que había llegado.
Y fue entonces cuando vi algo que no había notado.
Sus ojos.
Eran los míos.
Y estaban llenos de nostalgia.
—¿Quién te contó eso?
—Tu vida parece perfecta.
Ella miró alrededor.
La casa.
El jardín.
La tranquilidad.
Todo aquello.
Luego volvió a mirarme.
—¿Y eso te parece suficiente?
No supe qué responder.
Ella cerró el libro.
—Tú me envidias porque crees que yo obtuve lo que querías.
—¿Y no es así?
Su sonrisa se volvió triste.
—Sí.
Lo obtuve.
Hizo una pausa.
—Pero perdí otras cosas.
El viento movió algunas hojas sobre la mesa.
—¿Qué perdiste?
Ella tardó en responder.
Mucho.
—La mujer que te convertiste.
Aquellas palabras atravesaron algo dentro de mí.
—No entiendo.
—Claro que entiendes.
Se inclinó hacia adelante.
—Yo elegí la seguridad.
Tú elegiste la experiencia.
—Yo elegí quedarme.
Tú te atreviste a cambiar.
—Yo construí estabilidad.
Tú construiste profundidad.
Mis ojos comenzaron a humedecerse.
Porque por primera vez comprendí algo.
Ella había pasado años imaginando mi vida.
Igual que yo había imaginado la suya.
—A veces sueño contigo —confesó.
—¿Conmigo?
—Sí.
Con la mujer que siguió buscando respuestas.
Con la que aún se emociona mirando las estrellas.
Con la que no dejó de hacerse preguntas.
Bajó la mirada.
—¿Sabes algo?
—¿Qué?
—A veces daría cualquier cosa por haber sido tú.
El silencio que siguió fue inmenso.
Porque en ese instante entendí la trampa.
Ninguna vida es observada desde dentro.
Siempre miramos la nuestra y la comparamos con la versión idealizada de otra.
Incluso cuando esa otra somos nosotros mismos.
El sol comenzó a desaparecer.
El mundo empezó a desvanecerse lentamente.
Era hora de regresar.
Ella tomó mi mano antes de que todo desapareciera.
Y dijo algo que nunca olvidaré.
—Deja de llorar por las puertas que no cruzaste.
Miré sus ojos.
Ella sonrió.
—Las versiones que viven detrás de ellas también lloran por ti.
Y entonces desperté.
Con lágrimas en las mejillas.
Pero por primera vez...
sin arrepentimiento.
Allison Panizza
22/06/2026
22/06/2026
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