domingo, 1 de febrero de 2026

Tomando el té con cuatro maestros (sobre la rabia, la madre y el acto de soltar)

 


“Este texto aborda experiencias
de abuso y vínculos familiares difíciles.”

 


 Tomando el té con Carl Jung, Brian Weiss, Viktor Frankl y Milton Erickson, entendí algo que nadie me había dicho antes:

nadie esperaba que perdonara.

nadie me pedía comprensión.

solo que dejara de cargar lo que nunca fue mío.

 

Jung observaba en silencio, como si mirara el fondo de una taza y no el té.

Dijo que la sombra no desaparece cuando se la niega,

sino cuando se la reconoce sin miedo.

Y entendí que mi rabia no era oscuridad:

era energía detenida por lealtad.

 

Brian Weiss sostuvo la taza como quien sabe que el tiempo no es lineal.

Habló de memorias que no siempre empiezan donde creemos,

pero que se quedan cuando alguien —por amor o por supervivencia—

se hace cargo de lo que otros no pudieron sostener.

Yo me hice cargo.

Demasiado pronto.

Demasiado sola.

 

Durante años creí que algo en mí estaba mal.

Que exageraba.

Que debía entender.

Que callar era madurar.

 

Pero no.

Callar fue sobrevivir.

 

Milton Erickson, con esa forma suya de decir sin imponer,

me recordó que el cuerpo nunca olvida el momento exacto

en que aprendió a callar para estar a salvo.

Y también recuerda cuándo el peligro ya pasó.

 

La garganta guarda verdades no dichas.

No por cobardía, sino por miedo a las consecuencias.

El problema es que a veces seguimos pagando consecuencias

cuando ya no existen.

 

Viktor Frankl fue el único que habló de sentido.

No del sentido del dolor —eso sería una crueldad—

sino del sentido de decidir qué no seguir cargando.

 

Y ahí lo vi claro.

 

No devuelvo amor.

No devuelvo recuerdos.

Devuelvo responsabilidades.

 

Devuelvo el silencio impuesto.

Devuelvo la mentira sostenida.

Devuelvo la carga de proteger a quien debía protegerme.

 

No con odio.

Con límites.

 

Hoy no me despido de una persona.

Me despido de una espera.

 

La espera de que me eligieran.

La espera de que se hicieran cargo.

La espera de que la verdad importara.

 

Bajarme de ese lugar duele.

Pero quedarme ahí me destruye.

 

Y por primera vez, sin épica y sin ruido,

me pongo de mi lado.

 

No como acto de rebeldía,

sino como acto de salud.

 

Quizás alguien que lea esto

también esté sosteniendo una carga ajena

desde hace demasiado tiempo.

 

Si es así, ojalá estas palabras sirvan

no para empujar,

sino para dar permiso.

 

Allison Panizza
01/01/2026

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