Hay encuentros que no suceden…
emergen.
Como si la memoria no habitara en la mente,
sino en algún rincón antiguo del alma
donde el tiempo no tiene dominio.
Dos fuerzas.
Una quieta en la superficie,
aparentemente inmóvil,
pero con profundidades que nadie alcanza.
La otra…
imposible de contener.
Un pulso ardiente que late, crece, desborda.
Y aun así, se buscan.
No en lo evidente.
No en lo que puede tocarse.
Se rozan en lo invisible,
en ese instante exacto donde un pensamiento
no parece propio…
y sin embargo, responde.
Hay presencias que no necesitan cuerpo.
Hay llamadas que no atraviesan el aire.
Solo llegan.
Como ráfagas.
Como ecos de algo que ya fue
y se niega a desaparecer.
Dos mundos que no coinciden,
dos tiempos que no se ajustan,
dos caminos que no se cruzan…
al menos, no aquí.
Pero cuando todo se apaga,
cuando el ruido cede,
cuando los ojos se cierran…
ahí no hay distancia.
Ahí todo ocurre.
Como si lo imposible encontrara grietas
por donde filtrarse.
Como si lo que no puede ser,
simplemente… fuera.
Y sin embargo, hay una verdad que vibra en lo profundo:
Si aquello que permanece inmóvil
se encontrara con aquello que arde,
no habría equilibrio.
Habría ruptura.
Un instante donde lo frío se quiebra,
donde lo ardiente se expande,
donde todo cambia de forma
demasiado rápido.
Demasiado intenso.
Como si el universo mismo no supiera
cómo sostenerlo.
Quizás por eso se mantienen así…
a distancia,
en planos que apenas se rozan,
en silencios que dicen más que cualquier palabra.
Porque hay un tipo de energía
que no viene a quedarse…
viene a despertar.
A remover.
A recordar.
A incendiar lo dormido
y derretir lo sellado.
Y aun así… persiste.
En pensamientos que llegan sin aviso.
En sueños que no parecen sueños.
En esa sensación inexplicable
de no estar del todo separado.
Como si algo, en algún lugar,
siguiera ocurriendo.
Siempre.
Y entonces queda la pregunta, suspendida,
sin respuesta, sin prisa:
si lo eterno necesita forma…
o si basta con sentirse
para existir.
Allison Panizza
04/05/2026
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