Hay lugares a los que no se vuelve por casualidad.
Se vuelve porque algo en nosotros
nunca terminó de irse.
Porque entre calles, brisa y recuerdos,
quedó guardada una versión nuestra
que fue feliz sin esfuerzo,
sin tanto ruido,
sin tanto peso.
Y un día, casi sin buscarlo,
ese lugar empieza a aparecer.
En conversaciones sueltas,
en planes que parecen lejanos…
y hasta en sueños.
Como si la vida, de a poco,
fuera acomodando el camino antes de que lo caminemos.
Soñé con nosotros ahí.
Caminando sin apuro,
con los perros,
con el mar cerca,
con esa calma que no se explica,
pero se siente.
Y no era un sueño extraño.
Era familiar.
Como si ya hubiéramos vivido eso,
como si el cuerpo lo reconociera antes que la realidad.
Después lo conté…
y del otro lado llegó algo parecido.
Distinto, pero igual de nuestro.
Porque mientras uno imagina,
el otro sostiene.
Mientras uno siente el momento,
el otro piensa cómo cuidarlo.
Y sin darnos cuenta,
estábamos soñando lo mismo…
desde lugares distintos.
Ahí entendí algo.
No se trata solo de mudarse.
Ni de cambiar de ciudad.
Ni de volver a un punto en el mapa.
Se trata de elegir, otra vez,
la vida que queremos vivir.
Más simple.
Más nuestra.
Más en paz.
Porque hay lugares que no son solo lugares.
Son decisiones.
Son etapas.
Son versiones de nosotros que están esperando.
Y quizás todavía no estamos ahí…
pero algo es seguro:
si ya lo estamos soñando juntos,
es porque en alguna parte del camino,
ya empezó a existir.
Allison Panizza
18/04/2026
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