A veces la vida nos devuelve a paisajes antiguos.
No para quedarnos en ellos…
sino para comprenderlos y poder seguir caminando.
A veces la vida nos reúne otra vez con todo aquello de lo que venimos.
Como si el tiempo doblara una esquina invisible y, de pronto, todas las historias se sentaran en la misma mesa.
Rostros familiares.
Voces que traen ecos de otros años.
Miradas que cargan con lo que fue dicho… y también con lo que jamás se dijo.
Pero el camino no se detiene allí.
Más adelante aparecen los niños.
Son cuatro.
Caminan juntos, como si representaran algo que todavía necesita ser protegido.
Uno de ellos lleva en la piel una marca antigua, una quemadura que no pertenece al presente sino a un incendio ocurrido mucho tiempo atrás.
Las cicatrices hablan de eso:
de fuegos que arrasaron,
de pérdidas que nadie supo explicar,
de sobrevivir cuando todavía no se tenía la edad para comprender lo que estaba pasando.
Y sin embargo, alguien los cuida.
Una mujer cuya presencia transmite una calma que no necesita historia.
Una de esas figuras que aparecen en el camino como si la vida quisiera recordarnos que también existe otra forma de amor: la que protege, la que sostiene, la que no hiere.
Seguimos caminando.
Entonces el suelo cambia.
La tierra deja de ser firme y se vuelve blanda, como si estuviéramos atravesando un territorio que todavía se está formando.
Un humo rosado flota en el aire, suave y silencioso, como la transformación que ocurre dentro del corazón cuando algo muy antiguo empieza finalmente a moverse.
En medio de ese paisaje aparece un elefante.
Avanza lento, con la sabiduría de quien conoce todos los caminos del tiempo.
Sobre su espalda carga prendas de cuero gastadas, como si llevara consigo historias enteras: memorias de vidas, luchas, decisiones, heridas que atravesaron generaciones.
La memoria pesa.
Pero también enseña.
Nadie se detiene demasiado en él, porque todos saben que hay alguien a quien debemos encontrar.
Un hombre azul.
Su presencia recuerda a las antiguas fuerzas que no llegan para castigar, sino para transformar.
A esas energías que destruyen lo que ya no puede seguir existiendo para abrir paso a algo nuevo.
No se lo busca por miedo.
Se lo busca porque, en algún punto del camino, todos necesitamos atravesar esa transformación para poder seguir viviendo de verdad.
Y mientras el viaje continúa, algo se vuelve claro.
Las heridas no siempre desaparecen.
Algunas se quedan como cicatrices silenciosas que recuerdan lo que fue.
Pero también existe otra posibilidad.
Que aquello que una vez dolió se convierta en comprensión.
Que la memoria deje de ser una carga para transformarse en sabiduría.
Que el pasado, en lugar de encadenarnos, nos enseñe finalmente a caminar.
Porque tal vez de eso se trate todo este viaje.
De atravesar los paisajes más profundos del alma…
hasta encontrar el punto exacto donde el dolor deja de gobernar la historia.
Y comienza, por fin, algo nuevo.
A veces el pasado no desaparece…
solo espera el momento en que podamos transformarlo.
Allison Panizza
06/03/2026
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