viernes, 17 de julio de 2026

La mujer entre versiones Capítulo 3: La mujer que hizo las paces con el dolor

 


Aquella noche no apareció ninguna puerta.

Ni un tren.

Ni el lugar sin forma.

El viaje comenzó de otra manera.

Sentí que caminaba por un bosque cubierto por una niebla tan suave que el mundo parecía haberse olvidado de los colores.

No había miedo.

Solo silencio.

Los árboles eran altos, antiguos, y entre sus ramas colgaban pequeñas luces, como si las estrellas hubieran decidido descansar cerca de la tierra.

No sabía cuánto tiempo llevaba caminando cuando vi una casa.

Era sencilla.

 No grande.

No lujosa.

Pero tenía algo que jamás había visto en ninguno de los otros mundos.

Transmitía paz.

No la paz de quien nunca sufrió.

La paz de quien dejó de luchar contra lo que no podía cambiar.

Empujé la puerta.

No hizo falta llamar.

Ella ya sabía que iba a llegar.

Estaba sentada junto a una ventana abierta, con un libro sobre las piernas.

Levantó la vista.

Y sonrió.

No con entusiasmo.

Con reconocimiento.

Como si hubiera esperado toda la vida aquel encuentro.

—Llegaste.

Sonreí.

—Parece que todas me estaban esperando.

Ella cerró el libro lentamente.

—Porque todas sabíamos que algún día dejarías de buscar respuestas afuera.

Sus palabras me desconcertaron.

—¿Quién eres?

Ella inclinó apenas la cabeza.

—Soy tú.

La que dejó de pelear con el dolor.

La observé con atención.

Esperaba encontrar una mujer distante.

Fría.

Vacía.

Pero no era ninguna de esas cosas.

Sus ojos seguían brillando cuando hablaba.

Reía con facilidad.

Se emocionaba al mirar los árboles.

Acariciaba las páginas del libro con la misma delicadeza con la que yo lo hacía desde niña.

No había perdido la sensibilidad.

Había perdido el miedo.

—Pensé que ya no sentías nada.

Ella soltó una risa suave.

—Sentir nunca fue el problema.

El problema era creer que cada herida debía quedarse a vivir conmigo.

El viento entró por la ventana.

Movió algunas hojas del jardín.

Ella las observó unos segundos antes de continuar.

—Durante muchos años confundiste profundidad con sufrimiento.

Aquella frase me atravesó.

Porque era verdad.

Había creído que comprender la vida significaba cargarla.

Que amar era resistir.

Que recordar era volver a abrir las heridas.

Ella se acercó.

Tomó mis manos entre las suyas.

—Escúchame bien.

No eres fuerte porque nunca te rompiste.

Eres fuerte porque aprendiste a reconstruirte sin dejar de ser tú.

Bajé la mirada.

Pensé en todas las veces que me había levantado.

En las pérdidas.

En las despedidas.

En las personas que ya no estaban.

En las preguntas que seguían sin respuesta.

—¿Entonces por qué todavía duele a veces?

Ella sonrió con una ternura que solo alguien que ha atravesado el mismo camino puede ofrecer.

—Porque tienes corazón.

El dolor no desaparece.

Solo deja de gobernar la casa.

Las lágrimas comenzaron a caer sin que intentara detenerlas.

Ella no hizo nada.

No buscó consolarme.

No hacía falta.

Había algo profundamente sanador en permanecer allí, sin necesidad de arreglar nada.

Después de un largo silencio, le hice la pregunta que llevaba tiempo guardando.

—¿Cómo lograste llegar hasta aquí?

Miró el bosque.

Luego el cielo.

Finalmente volvió a mirarme.

—Un día entendí que soltar no era olvidar.

Era dejar de llevar sobre los hombros aquello que ya había cumplido su propósito.

Respiró profundamente.

—Perdoné a quienes nunca me pidieron perdón.

Acepté respuestas que jamás llegaron.

Lloré lo que tenía que llorar.

Y después…

Seguí caminando.

No porque dejara de amar.

Sino porque entendí que el amor también sabe despedirse.

Sentí un alivio inmenso.

No porque hubiera encontrado una versión mejor que yo.

Sino porque, por primera vez, vi una versión posible.

Una mujer que seguía amando los libros.

Que seguía mirando las estrellas.

Que aún se conmovía con la belleza del mundo.

Pero que ya no permitía que cada pérdida decidiera el rumbo de su vida.

Cuando me disponía a marcharme, ella me llamó.

—Espera.

Me di vuelta.

Su sonrisa tenía la serenidad de quien ya no necesita demostrar nada.

—Hay algo que debes saber.

—¿Qué cosa?

Se llevó una mano al pecho.

—La fortaleza no llegó el día en que dejé de caer.

Llegó el día en que dejé de preguntarme si sería capaz de levantarme.

El bosque comenzó a desvanecerse.

Las luces entre los árboles regresaron al cielo.

La casa desapareció lentamente.

Y cuando abrí los ojos en mi habitación, sentí algo diferente.

No había encontrado una mujer incapaz de sentir dolor.

Había encontrado a una mujer que descubrió que el dolor era un visitante.

No el dueño de su hogar.

Y mientras la mañana comenzaba a dibujar la primera luz sobre la ventana, comprendí que quizá todas las versiones de mí misma me habían conducido hasta ella.

No porque fuera la última.

Sino porque era la primera que ya no necesitaba buscarse.


Allison Panizza
17/07/2026

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