viernes, 20 de febrero de 2026

Guardiana del Linaje

 



 

Recuerdo esa tierra.

No como quien imagina, sino como quien ha caminado descalza sobre el polvo antiguo y todavía guarda la arena en los pliegues de la piel. Era otro tiempo. Una época remota, anterior a esta vida conocida, pero íntimamente mía.

Las mujeres avanzaban.

Eran muchas. De distintas edades, distintos rostros, distintas condiciones. Algunas vestían telas nobles, largas, pesadas, que hablaban de posición y linaje. Otras llevaban ropas gastadas, pañuelos firmes cubriendo sus cabezas, manos curtidas por el trabajo. Algunas cargaban hijos. Todas caminaban con una determinación silenciosa que no necesitaba proclamarse.

No marchaban en rebeldía visible.
Marchaban en conciencia.

Dos jóvenes abrían el camino. No imponían autoridad; irradiaban dirección. Eran demasiado jóvenes para ser jefas, pero algo en su presencia ordenaba el paso de las demás. Yo no iba adelante. Caminaba detrás. También vestía buena tela, calzaba zapatos caros. Mi lugar no era el del liderazgo expuesto.

Mi lugar era custodiar.

Atravesamos pueblos y, sin que mediara palabra, más mujeres se nos unían. Era como si nos reconocieran. Como si supieran que ese movimiento les pertenecía. El grupo crecía y crecía, y luego el paisaje cambió.

El desierto se abrió ante nosotras.

Inmenso. Ardiente. Silencioso.
La arena parecía una prueba. El horizonte, una purificación.
Y sin embargo nadie retrocedió. Seguimos avanzando, y aun en ese territorio árido más mujeres se sumaban. Aquello no era una caravana común. Era un linaje en movimiento.

En el trayecto nos cruzamos con hombres armados. Representaban poder, estructura, territorio firme. No atacaron. No interrumpieron. Solo observaban. Entre ellos había uno distinto. No supe por qué, pero lo sentí antes de mirarlo. Cuando nuestras miradas se cruzaron, algo quedó abierto.

Seguimos.

Más tarde, ya en descanso, me recosté en una tienda levantada al abrigo de la noche. El viaje había sido largo. Cerré los ojos. Y entonces sentí el peso de alguien sentándose junto a mí.

Era él.

Su belleza no era solo física; era intensidad, decisión, presencia absoluta. Me miró con una calma que no admitía duda y dijo:

—Te hablé y no me registraste. Por eso vine.

No había reproche. Había verdad.

Lo que ocurrió después no fue impulso ni desorden. Fue encuentro. Fue reconocimiento de dos fuerzas que habían estado buscándose. Nos unimos con naturalidad, como si ese instante hubiera sido esperado desde mucho antes del primer paso en el camino. Se sintió pleno. Completo. Sagrado.

No puedo nombrarlo en esta vida.
No puedo identificar a ninguna de aquellas mujeres con un rostro actual.
Y, sin embargo, sé que estuve allí.

Sé que caminé.
Sé que protegí.
Sé que crucé el desierto.
Sé que fui mirada y que respondí.

No era fantasía.
Era memoria simbólica encarnada.

Las mujeres eran el linaje: la madre, la trabajadora, la protectora, la que resiste, la que lidera, la que cuida. Yo no era víctima ni figura central visible. Era guardiana del movimiento. Sostén silencioso de lo que avanza.

El desierto fue prueba y purificación.
Los hombres armados, el territorio de la estructura.
Y el hombre que se acercó en la noche no vino a dominar, sino a integrarse.

En esa historia no había traición ni abandono.
Había propósito.
Había unión.
Había poder en expansión.

Y comprendí algo sin que nadie lo explicara:

Ya no caminaba desde la herida.
Caminaba desde la fuerza.

No fue un simple sueño.
Fue una visión que se siente como recuerdo.
🌙

Allison Panizza
20/02/2026

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